LA PLUMA
Un niño camina hacia el acantilado. Arrastra con insolencia un gallo asido por el cuello. Mientras se abre camino entre la hierba alta, va dejando a su paso dos huellas, la suya y, a su lado, un poco más estrecha, la del gallo como la estela que dejan los caracoles. Lleva una gabardina panocha, del color de su pelo, y por debajo asoma el pijama. Huele a tierra mojada, a eucalipto, y a madrugada.
Desde la braña se domina el valle hasta donde empieza el mar. Las aldeas se esparcen como migas sobre un mantel. La niebla avanza desde la costa, silenciosa, para alcanzar el valle como el velo de una novia caminando hacia el altar. Pero el niño no la ve, ensimismado en sus pensamientos. Escucha, en cambio los cencerros y los mugidos somnolientos de las vacas. Vive en la aldea más cercana al acantilado y, desde allí, cada noche la luz del faro gira imperturbable con la cadencia de un minutero.
Se detiene un momento porque le cuesta caminar descalzo entre la hierba. Olvidó calzarse antes de salir de la casa y, ahora, siente cómo la humedad le trepa hasta las rodillas. Respira el orbayo, ese aire menudo de las nubes bajas que lo inunda todo, y al rato continúa hasta alcanzar el borde del acantilado donde contempla la inmensidad del océano sobrecogiéndolo. Nunca había llegado tan lejos de casa ni tan cerca del final de la tierra. Una fuerte ráfaga de aire le revuelve el pelo y le obliga a retroceder. Abre mucho los ojos para no perderse nada, y le lloran por el viento. Tiene prohibido acercarse al precipicio, pero hoy nadie se enterará.
Mira al gallo a su lado, inmóvil entre sus pequeñas manos. Las plumas negras y azules brillan agitadas por la brisa y observa la cresta roja como una herida. La toca. Es áspera. Le da grima. Lo deja tumbado a su lado y se sienta porque está agotado de arrastrarlo. Estira las alas del ave y se da cuenta de que son más grandes de lo que imaginaba. Nunca había tocado un gallo antes de aquella mañana y decide arrancarle una pluma, muy despacio, y la guarda con cuidado en el bolsillo de la gabardina. Es una pluma azul, de un azul intenso, como los ojos de su hermano y piensa en los pollitos de Ulpiana, la cocinera, que son pequeños y suaves como sus madalenas, pero no tienen plumas como esas. A veces, a él y a su hermano Tomás, les dejan jugar con ellos, pero, con el gallo nunca. Nadie, salvo el capataz, puede tocarlo y cae en la cuenta de que las personas mayores siempre están prohibiendo cosas.
El viento que sopla es el viento del norte y desnuda los árboles agostados llevando las hojas hasta la costa, como copos de avena. El niño no alcanza a comprender por qué los árboles se desvisten en invierno y se visten en verano, pero en cambio comprende que si le encuentran con el gallo muerto será el final para él. Entiende lo que es el miedo y en especial el que siente al capataz, sin duda más fuerte que el que siente frente al mar. El niño da otro paso adelante y se asoma al abismo. Calcula la altura del desfiladero. Cree que tendrá como cien metros porque su hermano le ha dicho que desde la puerta de la cancela hasta la huerta de Ulpiana hay cien metros y a él le parece que hay la misma distancia desde el borde de la tierra hasta el fondo del mar. Tampoco sabe contar más de cien. Escucha el rugido de las olas contra las rocas mientras la niebla se espesa hasta ocultar el fondo. Los ojos le siguen llorando y los cierra para imaginar que es ligero como la pluma azul y que está suspendido entre las nubes, viajando a lugares lejanos, flotando, sin tocar la tierra jamás, como lo hacen las gaviotas que chillan cerca de él. Se siente solo y a la vez extraño en aquel lugar.
Otro golpe de viento le devuelve a la realidad y toma consciencia de la inmensidad de su propio temor por haber matado al gallo, aunque lo hizo sin querer. El capataz podría matarle, retorciéndole el pescuezo como hace con los pollos. Mira al gallo con pena y rabia a la vez, está ahí por su culpa. El gallo es casi tan grande como él. Ha podido arrastrarlo porque ya es mayor y fuerte. Ha cumplido seis años, como seis soles, le ha dicho su madre. El próximo año irá con Tomás a la escuela y esa idea le hace sonreír un instante. Pero, de lo que no tiene idea es de que allí en el borde del mundo, después de hoy, sus padres, sus hermanos y el pueblo entero no volverán a ser los mismos, como tampoco aquella madrugada había sido igual a las demás.
Ese día el niño oyó al gallo cantar y despertó. Nunca lo hace porque duerme profundamente y es su madre quien lo saca de la cama y le llama holgazán. Pero ese preciso día abre la contraventana y ve que en el cielo aún cuelga la luna mientras el sol empieza a nacer y le intriga. Como todos duermen sale a jugar a la calle, aunque aún es de noche. Baja las escaleras descalzo y callado para no despertar a nadie. Se desliza hasta la cocina, coge las magdalenas de Ulpiana, luego se pone la gabardina, arrastra la banqueta hasta la puerta y trepa para descorrer el cerrojo. Sale corriendo al jardín en busca de caracoles que va guardando a medida que los descubre en los bolsillos. Cuando llega junto al magnolio encuentra el balón de fútbol que Tomás no le deja usar porque dice que es pequeño. Se lo regaló su padrino por la comunión y nunca lo presta. Se le ilumina la cara solo con tocarlo. Lleva todo el verano soñando con jugar con él.
Mira furtivamente alrededor para asegurase de que nadie le observa y descubre al gallo, firme, en una esquina del jardín. Nadie más. Solo ellos dos. Respira tranquilo. Coge el balón e imita a su hermano cuando se coloca frente a la portería imaginaria entre las dos macetas de hortensias. Inhala profundamente el aire cargado de humedad; después da unos pasos atrás para coger carrerilla y chuta el balón con toda la fuerza de la que es capaz y, entonces, cuando el balón va a entrar en la portería aparece el gallo interponiéndose en la trayectoria y un golpe seco lo alcanza de lleno. El niño se lleva las manos a la cabeza y susurra: “¡Me ca, iba a gol!”. Corre hacia el gallo con rabia, furioso, dispuesto a arrancarle la cresta, pero el gallo yace en el suelo inmutable. Se acerca un poco más, con cautela, por si se levanta de repente y le pica, lo observa más de cerca, un instante, y finalmente se atreve, en un acto de valentía, a tocarlo con sus dedos. Nada. No se mueve. Entonces, le viene a la cabeza el capataz, aquel hombre violento y mal encarado, al que todos temen en la aldea, sus gritos, sus peleas, sus insultos. Comienza a inquietarse. Le vuelve a tocar el pecho, esta vez con más fuerza, pero el gallo sigue sin reaccionar. Se agacha junto a él y pone la oreja sobre las plumas. Silencio. Piensa que quizá los gallos no tienen corazón, al fin y al cabo, Ulpiana siempre dice que quien molesta a todo el mundo a esas horas no tiene corazón, pero se da cuenta de que está muerto, de que lo ha matado sin querer.
Si el capataz se entera, lo matará a él, y quién sabe si también a su familia, todos le temen. La inquietud se convierte en pánico y se le empañan los ojos. Ya está amaneciendo y la niebla sube desde el mar. Su madre no tardará en despertar y el niño sabe que no puede dejar al gallo allí, en mitad del jardín. Tiene que llevarlo lejos. Agarra al animal por el cuello y lo arrastra por el prado hasta llegar al acantilado. Allí, frente al océano infinito, Miguel, el niño con nombre de ángel se ve de pronto chiquito. El viento ruge cada vez con más violencia, ya es tarde y le echarán de menos, recoge al gallo con esfuerzo del suelo y se acerca un poco más al borde del precipicio, la hierba resbala y cede bajo sus pies descalzos, mientras la niebla blanquecina asciende desde el fondo hasta engullirlos. En el camino, plumas negras y azules enredadas en la hierba bailan al son del viento.



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