15 octubre 2026

"LA PLUMA" de NURIA DE LA ROCHA FERNÁNDEZ-JARDÓN. CUENTO GANADOR DEL LV CONCURSO INTERNACIONAL DE CUENTOS DE GUARDO "JAIME G. REYERO" 2026

 


LA PLUMA


Un niño camina hacia el acantilado. Arrastra con insolencia un gallo asido por el cuello. Mientras se abre camino entre la hierba alta, va dejando a su paso dos huellas, la suya y, a su lado, un poco más estrecha, la del gallo como la estela que dejan los caracoles. Lleva una gabardina panocha, del color de su pelo, y por debajo asoma el pijama. Huele a tierra mojada, a eucalipto, y a madrugada.

Desde la braña se domina el valle hasta donde empieza el mar. Las aldeas se esparcen como migas sobre un mantel. La niebla avanza desde la costa, silenciosa, para alcanzar el valle como el velo de una novia caminando hacia el altar. Pero el niño no la ve, ensimismado en sus pensamientos. Escucha, en cambio los cencerros y los mugidos somnolientos de las vacas. Vive en la aldea más cercana al acantilado y, desde allí, cada noche la luz del faro gira imperturbable con la cadencia de un minutero.

Se detiene un momento porque le cuesta caminar descalzo entre la hierba. Olvidó calzarse antes de salir de la casa y, ahora, siente cómo la humedad le trepa hasta las rodillas. Respira el orbayo, ese aire menudo de las nubes bajas que lo inunda todo, y al rato continúa hasta alcanzar el borde del acantilado donde contempla la inmensidad del océano sobrecogiéndolo. Nunca había llegado tan lejos de casa ni tan cerca del final de la tierra. Una fuerte ráfaga de aire le revuelve el pelo y le obliga a retroceder. Abre mucho los ojos para no perderse nada, y le lloran por el viento. Tiene prohibido acercarse al precipicio, pero hoy nadie se enterará.

Mira al gallo a su lado, inmóvil entre sus pequeñas manos. Las plumas negras y azules brillan agitadas por la brisa y observa la cresta roja como una herida. La toca. Es áspera. Le da grima. Lo deja tumbado a su lado y se sienta porque está agotado de arrastrarlo. Estira las alas del ave y se da cuenta de que son más grandes de lo que imaginaba. Nunca había tocado un gallo antes de aquella mañana y decide arrancarle una pluma, muy despacio, y la guarda con cuidado en el bolsillo de la gabardina. Es una pluma azul, de un azul intenso, como los ojos de su hermano y piensa en los pollitos de Ulpiana, la cocinera, que son pequeños y suaves como sus madalenas, pero no tienen plumas como esas. A veces, a él y a su hermano Tomás, les dejan jugar con ellos, pero, con el gallo nunca. Nadie, salvo el capataz, puede tocarlo y cae en la cuenta de que las personas mayores siempre están prohibiendo cosas.

El viento que sopla es el viento del norte y desnuda los árboles agostados llevando las hojas hasta la costa, como copos de avena. El niño no alcanza a comprender por qué los árboles se desvisten en invierno y se visten en verano, pero en cambio comprende que si le encuentran con el gallo muerto será el final para él. Entiende lo que es el miedo y en especial el que siente al capataz, sin duda más fuerte que el que siente frente al mar. El niño da otro paso adelante y se asoma al abismo. Calcula la altura del desfiladero. Cree que tendrá como cien metros porque su hermano le ha dicho que desde la puerta de la cancela hasta la huerta de Ulpiana hay cien metros y a él le parece que hay la misma distancia desde el borde de la tierra hasta el fondo del mar. Tampoco sabe contar más de cien. Escucha el rugido de las olas contra las rocas mientras la niebla se espesa hasta ocultar el fondo. Los ojos le siguen llorando y los cierra para imaginar que es ligero como la pluma azul y que está suspendido entre las nubes, viajando a lugares lejanos, flotando, sin tocar la tierra jamás, como lo hacen las gaviotas que chillan cerca de él. Se siente solo y a la vez extraño en aquel lugar.

Otro golpe de viento le devuelve a la realidad y toma consciencia de la inmensidad de su propio temor por haber matado al gallo, aunque lo hizo sin querer. El capataz podría matarle, retorciéndole el pescuezo como hace con los pollos. Mira al gallo con pena y rabia a la vez, está ahí por su culpa. El gallo es casi tan grande como él. Ha podido arrastrarlo porque ya es mayor y fuerte. Ha cumplido seis años, como seis soles, le ha dicho su madre. El próximo año irá con Tomás a la escuela y esa idea le hace sonreír un instante. Pero, de lo que no tiene idea es de que allí en el borde del mundo, después de hoy, sus padres, sus hermanos y el pueblo entero no volverán a ser los mismos, como tampoco aquella madrugada había sido igual a las demás.

Ese día el niño oyó al gallo cantar y despertó. Nunca lo hace porque duerme profundamente y es su madre quien lo saca de la cama y le llama holgazán. Pero ese preciso día abre la contraventana y ve que en el cielo aún cuelga la luna mientras el sol empieza a nacer y le intriga. Como todos duermen sale a jugar a la calle, aunque aún es de noche. Baja las escaleras descalzo y callado para no despertar a nadie. Se desliza hasta la cocina, coge las magdalenas de Ulpiana, luego se pone la gabardina, arrastra la banqueta hasta la puerta y trepa para descorrer el cerrojo. Sale corriendo al jardín en busca de caracoles que va guardando a medida que los descubre en los bolsillos. Cuando llega junto al magnolio encuentra el balón de fútbol que Tomás no le deja usar porque dice que es pequeño. Se lo regaló su padrino por la comunión y nunca lo presta. Se le ilumina la cara solo con tocarlo. Lleva todo el verano soñando con jugar con él.

Mira furtivamente alrededor para asegurase de que nadie le observa y descubre al gallo, firme, en una esquina del jardín. Nadie más. Solo ellos dos. Respira tranquilo. Coge el balón e imita a su hermano cuando se coloca frente a la portería imaginaria entre las dos macetas de hortensias. Inhala profundamente el aire cargado de humedad; después da unos pasos atrás para coger carrerilla y chuta el balón con toda la fuerza de la que es capaz y, entonces, cuando el balón va a entrar en la portería aparece el gallo interponiéndose en la trayectoria y un golpe seco lo alcanza de lleno. El niño se lleva las manos a la cabeza y susurra: “¡Me ca, iba a gol!”. Corre hacia el gallo con rabia, furioso, dispuesto a arrancarle la cresta, pero el gallo yace en el suelo inmutable. Se acerca un poco más, con cautela, por si se levanta de repente y le pica, lo observa más de cerca, un instante, y finalmente se atreve, en un acto de valentía, a tocarlo con sus dedos. Nada. No se mueve. Entonces, le viene a la cabeza el capataz, aquel hombre violento y mal encarado, al que todos temen en la aldea, sus gritos, sus peleas, sus insultos. Comienza a inquietarse. Le vuelve a tocar el pecho, esta vez con más fuerza, pero el gallo sigue sin reaccionar. Se agacha junto a él y pone la oreja sobre las plumas. Silencio. Piensa que quizá los gallos no tienen corazón, al fin y al cabo, Ulpiana siempre dice que quien molesta a todo el mundo a esas horas no tiene corazón, pero se da cuenta de que está muerto, de que lo ha matado sin querer.

Si el capataz se entera, lo matará a él, y quién sabe si también a su familia, todos le temen. La inquietud se convierte en pánico y se le empañan los ojos. Ya está amaneciendo y la niebla sube desde el mar. Su madre no tardará en despertar y el niño sabe que no puede dejar al gallo allí, en mitad del jardín. Tiene que llevarlo lejos. Agarra al animal por el cuello y lo arrastra por el prado hasta llegar al acantilado. Allí, frente al océano infinito, Miguel, el niño con nombre de ángel se ve de pronto chiquito. El viento ruge cada vez con más violencia, ya es tarde y le echarán de menos, recoge al gallo con esfuerzo del suelo y se acerca un poco más al borde del precipicio, la hierba resbala y cede bajo sus pies descalzos, mientras la niebla blanquecina asciende desde el fondo hasta engullirlos. En el camino, plumas negras y azules enredadas en la hierba bailan al son del viento.




"UNA BOFETADA, UNA GORRA, UN BRIK DE ZUMO... Y EL PUTO GATO DE SCHRÖDINGER" de ALBERTO MORENO SÁNCHEZ-IZQUIERDO - ACCÉSIT DEL CONCURSO INTERNACIONAL DE CUENTOS DE GUARDO "JAIME G. REYERO" 2026

 

         


       Una bofetada, una gorra, un brik de zumo… y el puto gato de Schr
ödinger


                                                    Dentro de una caja cerrada tenemos un gato y una trampa de veneno con                                                     un 50% de posibilidades de activarse. La física cuántica indica que hasta que se      produzca una observación y alguien abra la caja el gato está vivo y muerto al mismo tiempo, en una superposición de estados. 

PARADOJA DEL GATO, de E. Schrödinger





Esta es la historia de un brik de zumo, una gorra y un sopapo.

También es la historia de un espectador: Juan Antonio Satrústegui, padre de familia, conserje, ávido lector de revistas de ciencia.

Sobra decir que es una historia de deseos y emociones, ya que todas lo son.

Y bueno, como ya habrán leído, también anda por ahí, de un modo elíptico, anacrónico, accesorio, el animalillo de la paradoja. Ese que está vivo y muerto a la vez.

El puto gato de Schrödinger.

Esta es la breve pero intensa historia de un brik de zumo de piña de doscientos mililitros, de marca blanca, que a las dos y cuarto del mediodía aún estaba vivo, adherido a la mano de un niño. Un niño cuyo nombre no nos interesa, que aguardaba para cruzar la carretera, que llevaba una gorra de Pokémon con la visera hacia atrás, algo torcida. Y que también llevaba una madre, algo torcida, cuyo nombre tampoco nos interesa. Sí, exacto: la madre es la infractora del sopapo. Y sí, exacto: a apenas unos metros, también esperando a que se abriera el semáforo, estaba el susodicho Juan Antonio Satrústegui. El observador de los acontecimientos.

Pero no, no hagan conjeturas. Juan Antonio no es el marido, ni conoce al niño. Y tampoco está mirando a la madre con deseo. Simplemente está ahí. Se trata de una escena cotidiana: una madre, un niño, un conserje, a la hora de salida de los colegios. No esperen nada especial. Solo un bofetón. Poco más.

Juan miraba de reojo los carrillos del crío, hinchándose y deshinchándose, sus labios alrededor de la pajita, aspirando aire y zumo en proporciones aleatorias. Y acababa de regresar su vista al muñequito rojo cuando, de repente, ha escuchado el sopapo. No ha sido demasiado fuerte, pero era un sopapo (todos conocemos ese sonido). Un sopapo que a los tres: niño despistado, madre enfadada y conserje, les ha provocado un leve vuelco al corazón.

—¡Quieres hacer el favor de mirar! —ha gritado la mujer.

Y, sobrepasado por el susto, el niño ha roto a llorar. Pero eso no es lo importante.

Lo importante ha sucedido antes del grito y del llanto, o mientras sonaban (es difícil saberlo, por aquello de la velocidad de la luz y del sonido), justo cuando a Juan Antonio le ha parecido ver caer sobre la carretera los dos objetos: el brik de zumo y la gorra de Pokémon. Repito: le ha parecido, porque la escena ha sido fulgurante, caótica. Y no ha podido percibirlo todo. El cerebro del conserje, por tanto, ha recompuesto la secuencia: El semáforo aún estaba en rojo para los peatones, pero el niño, por esas cosas incomprensibles que hacen ellos, habrá bajado el pie para cruzar. La madre entonces habrá debido responder (remarco bien los tiempos verbales de suposición) agarrándolo por el brazo para devolverlo a la acera. Para salvar a su hijo. Y luego, por puro instinto, le habrá propinado el bofetón. Todo son hipótesis, dentro de la mente del bueno de Juan Antonio Satrústegui, pues, como digo, al girar el cuello tan solo ha contemplado la escena posterior: el grito, el llanto, la cara de arrepentimiento del niño, ya desprovisto de gorra y de zumo, dos coches pasando y pitando, una moto, un camión, y luego otro coche más. Y entremedias del camión y el último coche, o de la moto y el camión, quién sabe, Juan ha visto la gorra (ahora ya sí, con certeza), siendo atropellada una y otra vez. ¿Solo la gorra? ¡Aquí está el misterio! En principio, sí. Pero puede que el brik de zumo haya caído primero, y la gorra, azarosa, después, justo encima, tapándolo por completo. De ser así, cobijado por la gorra amarilla, cual esquimal en un iglú, el zumo ahora también estaba siendo atropellado por esos desaprensivos vehículos a motor. Pobre zumo (o no). Y pobre gorra.

Luego el semáforo se ha abierto, la madre ha seguido abroncando al muchacho y el niño ha continuado con su berrinche. Y con el susto. Y ninguno de los dos, presos como estaban de sus emociones, ha vuelto a recoger el cadáver de la gorra. Ni del zumo, si es que estaba ahí debajo.

Solo ha pasado eso: una gorra y un zumo volando, por culpa de una bofetada maternal. Una gorra y un zumo zigzagueando por el aire, jugando al escondite con los sentidos de un conserje. Un zumo y una gorra que, con toda probabilidad, han caído al suelo. Puede que juntos. Puede que no. Puede que el zumo aún esté debajo de la gorra, tan aplastado o más que ella. O puede que esté en otro sitio. O que se haya esfumado. O, ya que estamos rizando el rizo, podría incluso haberse introducido por azar en la ventanilla abierta de algún coche. Vete tú a saber.

A pesar de su curiosidad científica, a esas horas del mediodía Juan Antonio Satrústegui no ha dado más vueltas al asunto. O no de una forma consciente. El conserje ha continuado con su amada rutina. Ha llegado a casa, cansado, cabizbajo, ha saludado a Marga, su mujer, y a Luis y Vero, sus dos hijos adolescentes. Ha comido poco y ha intentado cerrar los ojos en el sofá, sin éxito. Después ha puesto el lavavajillas, ha llevado a su hija a baile y más tarde ha recogido al muchacho de fútbol. Entremedias ha dado un paseo corto y ha parado a tomar un café. Ha coincidido con su amigo Pedro, que se divorció el mes pasado, y éste le ha contado varias batallitas que no ha sabido si creerse o no. Pero las ha escuchado, en silencio. Luego ha caminado otro rato, sin rumbo, y ha pasado cerca del instituto donde conoció a Marga, con diecisiete años. También ha cruzado por la puerta de la oficina en la que trabajó un tiempo, justo al poco de nacer Luis, y donde estuvo a punto de liarse con una compañera. Ni siquiera ha recordado eso, aquella fiesta de empresa en la que ambos, con tres copas de menos y cuatro hijos de más, se quedaron hechizados, paralizados, y ninguno dio el pequeño paso. De vuelta a casa ha discutido con su hijo por no sé qué de la ropa, ha saludado a un vecino que le cae mal, y ha pensado algo extraño sobre la forma de hablar y de comer de su esposa. Aunque solo durante unos segundos. Después se ha descalzado y, cuando estaba a punto de ponerse el pijama, el bueno de Juan Antonio ha recordado que en la cocina había tres bolsas de basura sin tirar. Dos bolsas son compañía, pero tres son multitud, así que se ha vuelto a calzar las deportivas, ha bajado, ha tirado todo al contenedor y, por alguna razón, ha seguido paseando dos calles más abajo, justo hasta el paso de cebra donde, a eso de las dos y cuarto, se produjo el sopapo.

Ya era noche cerrada, pero ahí estaba todavía.

Las farolas, cual auxiliares de cámara, iluminaban el cadáver de la gorra de Pokémon, que apenas conservaba restos de su vigoroso amarillo original. Más bien, tendida sobre el asfalto, se la veía gris, alquitranada. Melancólica. En ese instante ha surgido una ráfaga de aire nocturno, malévolo, y Juan Antonio se ha preguntado qué coño hacía allí. Aunque, claro está, lo sabía. Durante unos segundos, con las manos dentro de la chaqueta, jugando con la puntera de su zapatilla a dar golpecitos en el bordillo, su curiosa mente ha vuelto a cotejar las posibilidades de que el brik de zumo estuviese ahí. Bien mirado, no recuerda que en los múltiples atropellos surgiese nada de líquido bajo la gorra. A lo mejor es que el brik ya estaba vacío. O quizás no estaba. O estaba y no estaba a la vez, como ocurre en esa paradoja que ha intentado comprender tantas veces, en el Muy Interesante. O en el Quo.

Ahora, en este nocturno momento, tiene muy sencillo resolver el enigma. Es tan fácil como levantar la gorra. Así sabrá si el zumo está o no está. Si el gato está vivo o muerto. Lo sabrá.

Sin embargo, Juan Antonio Satrústegui, conserje de profesión, padre y esposo, humano normal y corriente, con sus vacíos y sus dudas, decide darse la vuelta.

Y regresa, cabizbajo, con algo de frío, a casa.

Sin pensar en nada.

En nada.


05 octubre 2026