El silencio, o las canciones de amor
Autor: José Quesada Moreno
Son las cuatro de la tarde de un día de agosto del año ochenta y
seis. En un pueblo, digamos que del sur. Aunque pudiera ser en otro
lugar con mediodías tórridos y silenciosos. La chicharra impone su
terca sinfonía en el sigilo de la siesta. Los niños chapotean en la
alberca, en silencio, aunque a veces ahogan un grito de júbilo y sus
risas se confunden con el cascabeleo del agua que el surtidor vierte
en la pila. Álvaro es el pequeño, ocho años. Es el que más se
parece a su padre. Su pelo ensortijado y esa mirada… Su misma
mirada. La niña se llama Ana, once años. Se parece a su madre. Es
muy reservada y a todos les cuesta saber qué está pensando cuando
abisma la mirada en un punto fijo. Es capaz de pasar horas sin decir
palabra, aunque ahora ríe mientras su hermano le salpica la cara.
Una risa breve, discreta, que podría pasar por un gemido de dolor si
no fuera porque dentro de la alberca Ana se siente como una sirena al
resguardo de las perversidades del mundo. Es fantasiosa, como su
madre, y su felicidad, como la de su madre, no es expansiva, sino que
nace y muere con ella. Gabriel, el hijo que falta, hubiera cumplido
catorce este verano. A Aurora, su hijo Gabriel le recuerda a su
propio padre, porque reía sin motivo y, a diferencia de Ana, su
alegría era efusiva, ancha y contagiosa.
Juegan en silencio para que su algarabía de críos no atraviese la
penumbra de la casa y se cuele en la habitación conyugal, donde
Amador echa su siesta. Todos saben que a esa hora no se debe
perturbar el sueño del padre de familia, que no hay que invocar al
mal humor y a su voz de trueno.
Aurora, que acaba de poner los platos a escurrir, se acerca hasta el
armario del comedor y saca el libro que oculta bajo los manteles
plegados de su ajuar de novia. Arrastra el mecedor hasta la lámpara
de pie y enciende la bombilla. Un haz de luz se derrama sobre el
cojín de flores y espigas que acolcha el tapizado de mimbre del
asiento, un breve torrente que atenúa la penumbra del comedor. Se
acerca a la pared, toma del suelo el enchufe del ventilador y antes
de conectarlo se detiene a oír el silencio de la casa. Atenuados,
suenan la chicharra, el leve chapoteo de los niños y el resuello de
una respiración profunda que viene por el pasillo, tras la puerta
del dormitorio principal.
Aurora diría, por el ritmo de su respiración, que Amador duerme
profundamente. Enciende el ventilador. Giran sus aspas
descascarilladas, cortan el aire y un zumbido minúsculo y regular se
funde con el silencio. Se hacen uno. Unívoco. Y Aurora se sienta, y
abre el libro por la página que, a modo de separador, señala la
foto de comunión de su primogénito. Su Gabriel, serio y marcial,
con su traje de almirante niño mirándola desde ese lugar sombrío
de las almas en pena. Se besa dos dedos y los pone sobre la estampa.
Es lo que hace siempre antes de comenzar la lectura: besar con los
dedos el rostro lejano y sonriente de su Gabriel. Luego se mira las
manos. Otra liturgia más antes de sumergirse en la lectura, en otros
mundos y en la piel de otras personas. Se las mira con detenimiento.
Se las huele. Nunca se desprende de ellas el tufo de la cebolla y el
tizne anaranjado del azafrán. Huelen a cocina y a colada, a sábana
limpia, a lejía y al alcohol con el que trata las heridas de los
niños. A veces Aurora huele a clínica y otras a refrito. A aceite
de oliva. A huerto.
Hace mucho que Aurora comprobó que en las manos está la huella del
tiempo. Las suyas son unas manos cuarteadas por el ácido del jabón
Lagarto con el que ha frotado los cuellos de las camisas de Amador,
sus calcetines y su ropa interior, esa que huele a perfume de burdel
y a orín de borracho. Dicen mucho las manos de Aurora, y otras cosas
que calla porque sus manos son la enmudecida historia de una
renuncia. Alguna vez recuerda Aurora ese tiempo vencido en que
ambicionaba ser maestra. Antes de Amador. Sus inquietudes culturales,
sus poemas de Bécquer en su carpeta azul de estudiante, camuflados
entre patrones de costura y manuales de urbanidad donde le enseñaban
a ser una mujer de su casa, con sus obligaciones conyugales y sus
resignaciones. Durante un tiempo siguió escribiendo versos. A
escondidas de Amador, que se reía de ella por sus ínfulas de poeta.
Luego, Aurora, sujeta a la trabazón de la vida, fue criando hijos,
esquelas mortuorias, letras al portador y un dolor que le dobló el
alma. Y ya sólo lee novelas de amor.
Desde la cocina, muy cerca del lugar del comedor donde Aurora lee,
suena muy bajito la radio. A media voz canta un bolero que habla de
turbias lejanías, de amores olvidados o imposibles, del tiempo que
lentamente se suicida en la esfera radial de los relojes. Para
Aurora, que le gusta soñar que vive la vida de otros, la melancolía
es un alivio, es un dulce dolor, por eso prende la radio y oye esa
emisora que transmite canciones melancólicas y trágicas.
El viejo carillón que heredaron de los abuelos marca a cada hora el
denso discurrir de un mes de agosto lento y pesado. Y lo hace sin
hacer ruido. Amador ha manipulado el mecanismo para que no suenen las
campanadas, de modo que las horas se anuncian con un chasquido breve
y un silencio que le recuerda a Aurora que podría vivir en ese
paréntesis sigiloso durante buena parte de su vida. Durante toda su
vida, quizás, mientras Amador duerme una siesta infinita al final
del pasillo.
La novela que tiene entre manos le habla de cierto amor prohibido y
trasatlántico. De una pasión remota en los tiempos del cólera. Qué
poderoso el amor que a contracorriente se abre paso, a pesar de
convencionalismos sociales, ese amor atemporal que se descubre puro,
desvestido de falsedades, con la pasión intacta a pesar de que las
manos de los amantes son un mapa de tiempo, una senda de callos, y
pliegues, y turbulencias. Y poco a poco, mientras Florentino Ariza y
Fermina Daza van cimentando su amor crepuscular, amodorrada por el
zumbido del ventilador, Aurora se va hundiendo lentamente en las
neblinas del sueño. Hasta que cae el libro abierto en su regazo y su
cuello se vence contra el hombro. Y duerme.
Si la miras dormir en su mecedor de mimbre, bajo la luz cenital de la
lámpara de pie, te parecerá feliz mientras las frágiles telarañas
del sueño traman, quizás, una vida inspirada en esa novela que
abierta sigue narrando en silencio el triunfo del amor contra el
tiempo. Se diría, mirándola dormir plácidamente, que Aurora tiene
la fantasía de ser Fermina Daza por un rato, que disfruta de un amor
crepuscular y trasatlántico, de un amor noble, y triste, y heroico.
De un amor tórrido, con deseos que se propagan como la luz y el
fuego.
El carillón de los abuelos emite un chasquido. Silenciosamente
grita las seis de la tarde en su esfera sucia de tiempo y de
derrotas. Amador se remueve en la cama. Cruje el somier bajo sus cien
quilos, emite un resuello, un suspiro largo y sostenido que anuncia
que regresa del sueño. Aún dará un par de vueltas en la cama antes
de levantarse o llamar a Aurora para sacarla de sus rutinas. O de su
propio sueño.
Suena un bolero en la cocina, a media voz, un dulce bolero que habla
de lejanías, de barcos imposibles embarrancados en la niebla del
olvido. Los niños se secan, cobijados del sol bajo la parra, por
cuyas hojas se filtra la luz vencida de la tarde. Una abeja viene a
beber del agua salpicada en el pretil. La chicharra espacia su canto
repetido y el hombre grita. Amador pronuncia el nombre de Aurora como
pronuncia el trueno la voz de la tormenta. Y Aurora despierta y se
incorpora al mundo con asombro.
Qué habrá soñado, de qué luminosos paisajes vuelve. Cierra un
momento los ojos para tomar conciencia de este lado del aire y a mí
me parece un pájaro lastimado en las manos de un niño, una mariposa
de otoño mojada por la niebla. Un gamo herido.
Y cierra el libro que en su regazo duerme. Y arrastra los pies hasta
el dormitorio conyugal.
Y cierra el sueño.