lunes, 24 de enero de 2022

El Grupo Literario Guardense convoca para el 7 de febrero el "LI Concurso Internacional de Cuentos de Guardo"

 


LI CONCURSO INTERNACIONAL DE CUENTOS DE GUARDO – 2022

BASES

1ª – Se establecen los siguientes premios:

Un primer premio de 1.500 euros, aportado por la Diputación de Palencia, más reproducción de la escultura al minero al mejor cuento presentado de tema libre.

Un segundo premio de 500 euros, donado por la empresa DEPORCYL de Guardo, y reproducción de la escultura al minero al mejor cuento presentado de tema libre por autor palentino, nacido o residente en la provincia de Palencia.

2ª – Los cuentos serán originales, inéditos y no premiados en otros concursos, con extensión máxima de cuatro hojas, en formato A-4, escritos por una sola cara y con un tamaño de fuente no inferior a 11 e interlineado no inferior a 1,5.

3ª – Los cuentos se enviarán en un sobre por triplicado, grapados y sin firmar. Dentro del sobre se acompañará una plica, en la que se incluirá título del cuento, nombre, apellidos, dirección y teléfono.

4ª – Los envíos se harán por correo ordinario a la siguiente dirección: 

Ayuntamiento de Guardo

(A la atención del “Grupo Literario Guardense”)

34880 Guardo (Palencia)

5ª – Los autores palentinos que quieran optar al premio provincial deberán hacerlo constar expresamente en la cabecera del cuento, indicando “Opta al Premio Provincial”.

6ª – El plazo de presentación de cuentos comienza el 7 de febrero y finaliza el 19 de marzo de 2022.

7ª – El fallo del jurado se realizará, previsiblemente, la segunda semana de junio.

8ª – La entrega de premios y lectura de cuentos tendrá lugar en un acto cultural, en el mes de junio, en día y hora que se comunicará, tras el fallo del jurado, en páginas web, prensa, radio y otros medios de difusión.

9ª – Es requisito imprescindible que los autores galardonados, si estos residen en la península, se presenten en el citado acto cultural para leer su trabajo y recibir el premio correspondiente.

10ª – Los trabajos premiados quedarán en propiedad de la organización, así como los derechos de explotación de la propiedad intelectual (reproducción, comunicación pública, distribución y transformación) que quedarán cedidos en exclusiva al Grupo Literario Guardense, sin límite territorial ni temporal alguno, adquiriendo este último el derecho de publicación de los mismos, mediante cualquier sistema o formato, modalidad o procedimiento, mencionando la autoría de los mismos.

11ª – Los trabajos no premiados no serán devueltos y se destruirán después del fallo del jurado.

12ª – El Grupo Literario Guardense se reserva el derecho de modificar plazos, fallo del jurado, fecha de entrega de premios, así como cualquier otra cuestión relativa al Concurso,  circunstancias que podrán ser consultadas en el blog del Concurso: https://concursocuentosguardo.blogspot.com/

domingo, 16 de enero de 2022

Cuento Ganador en la categoría internacional del 50 Concurso Internacional de Cuentos de Guardo

 Del silencio y de la niebla    

--Blas Laboira—

Autor: Manuel Arriazu Sada


A veces se echa la niebla y lo cubre todo. Es un cendal húmedo e inesperado que oculta a los ojos un paisaje de sobras conocido. Tal vez por eso nadie echa en falta lo que se oculta tras ella ya que saben que ha de regresar al poco el río con su escolta de álamos temblones, sus prados verdes, sus montañas escarpadas con su corona de nubes, los caminos de tierra pisada antaño por gentes que ya no están. Hilario Santyago conoce bien esta niebla que borra sus esperanzas de encontrar el camino de salida a este valle perdido. Nunca podrá ya abandonarlo, pasó su tiempo. Fueron muchos los que lograron desasirse de su querencia. Muy pocos regresan. Nadie, en realidad. El camino está ahí, pero hace ya mucho tiempo, demasiado, que nadie aparece, nadie trae un soplo de esperanza a este lugar sin nombre en el que vivir es ir muriendo. El camino se ha crecido de abrojos a fuerza de desuso. 

En esta tierra olvidada siempre se respetó a los locos y a los muertos. A los muertos por lo que su memoria significa para quienes alguna vez fueron sus vivos, algunos lo siguen siendo a duras penas. A los locos porque entender las miserias del alma humana no es antídoto contra la propia locura y nadie está libre de caer en ella o en sus aledaños. Hay muchos modos de estar loco y andar revestido de una cordura que no es sino el hábito que permite vivir entre los cuerdos como si en realidad todos estuvieran contagiados por la misma sinrazón. Del mismo modo que hay infinitas maneras de estar muerto. Eso lo sabe bien Hilario Santyago.

Por eso los paisanos de este pueblo perdido entre los montes, escondido al final de una trocha que muy pocos se atreverían a seguir sin el temor de extraviarse definitivamente, han vivido siempre con la sensación de estar condenados a tomar, locos o cuerdos, esa misma senda. Un camino breve para los muertos, que lleva hasta el recodo del camposanto a los que se da tierra en un recinto escueto rodeado de tapias bajas de piedra y una cancela de hierro, siempre abierta. Desde la ladera, los ángeles custodios, vigilan el paso de los vivos. Son muchos los que se fueron yendo. No todos se iban muertos. Tomaron el camino para marchar y se iban vivos y no regresaban jamás. Aquí quedaban los viejos y los muertos. Locos o cuerdos. 

Parientes tenía Hilario Santyago que tomaron el camino sin volver la vista atrás por miedo a convertirse en estatua de sal. A veces alguno regresa. Para volver a marcharse al poco, convencidos de que hicieron lo que debían, animando a los demás a seguir su senda. Otros miran pasar a los vivos, a los pocos vivos locos, a los pocos vivos cuerdos, desde la ladera de los cipreses y los ángeles custodios. A Hilario, en realidad ya no le quedan parientes entre los cuatro gatos que son en la aldea. Vive solo. Muy pocos tienen la suerte de no sufrir la soledad. Son un archipiélago de soledades por mucho que a veces se reúnan para tratar de mostrar lo contrario. De hecho es frecuente que sin saberlo anden contagiando a otros su propia soledad.

Por eso, en ocasiones, Hilario siente que no hace pie en la realidad, que se hunde sin tocar fondo, que se ha vuelto loco, de un modo definitivo. Sobre todo desde un tiempo acá. Por lo que le sucede cuando cae la niebla. Al principio pensó que no era sólo a él a quien le ocurrían aquellos encuentros inesperados. Creyó que a los demás también les sucedía. Pero no. Por eso se intuye tocado de una voluntad ajena a la suya, quién sabe si divina, poseedor de un don preciado del que no sabe si sentirse dueño, como si en realidad se le hubiera concedido a toda la comunidad como una merced por más que él, sólo él, tuviera que soportar la carga de su propio extravío. Una demencia suave y reposada, tranquila y exenta de amenazas, poco más que una extravagancia. Porque sólo a él le traía cosas la niebla que a los demás no. Pero eso lo supo más tarde. Porque no es fácil comprender que la locura puede dotarte de suficiente lucidez como para saberte cuerdo. O casi.

La primera vez que a Hilario Santyago le alcanzó la niebla con su mensaje inesperado, pensó que era la fiebre la que le sometía a su voluntad sin que él pudiera hacer otra cosa que aceptar como inevitable aquello que se presentaba ante él con un aura de normalidad carente de cualquier amenaza ni presagio de peligro alguno. Había silencio, eso sí, el silencio con que la niebla lo envuelve todo. Había salido de casa y, aunque ya amanecía, fue justo al pasar el puente de la noria cuando sintió que se sumergía en el húmedo seno de otra realidad. Con todo y con eso ningún presagio aciago le asaltó, nada aparte del silencio. Entonces le vio venir, como tantas otras veces le viera en vida, con el ramal del borrico en la mano, la vara sobre el hombro, Pascual el de la Juana. 

Hombre, Hilario, cómo tú por aquí.

Ya ves. Fue todo lo que a Hilario se le ocurrió que debía decir. Recuerda, claro, que fue Pascual el que comenzó a preguntar, qué tal la Juana, qué tal los chicos, qué tal todo.

Bien, bien, todo iba bien. Que no entendía que preguntara si desde allí podía verlo todo. Que no, Hilario, que no. ¿No veía que la niebla y el silencio lo cubrían todo?

Fue también Pascual quien, al despedirse, le dejó el encargo, dile a Juana que se cuide, dile que no venda el huerto, dile que estoy bien, dile que… dile…

¿Eso le digo?

Claro.

Después cruzó el puente de la noria, en dirección a la aldea, tuvo que suponer Hilario, porque era cierto que la niebla lo cubría todo hasta engullirlo, Incluso el silencio parecía tragarse la niebla.

Todavía recuerda Hilario el gesto de estupor de Juana. Qué dices, Hilario, el Pascual va para tres años que murió, cómo podía él venir ahora con esas. Pero escuchó lo que tenía que decirle que no hubiera estado bien desairar a quien, estaba claro, comenzaba a sumirse en una sima oscura de irrealidad. Por si acaso, Juana quiso dejar su recado, si le volvía a ver que le dijera. Hilario anotó las palabras de Juana allí donde la memoria se convierte en intención. Que descuidara, Juana, él se encargaba de hacerle saber.

Su encuentro con Genaro Laborda, soltero, se produjo en circunstancias similares por más que Hilario tratara de hallar diferencias sustanciales. Aún traía Genaro su soga al cuello y a Hilario le hubiera gustado indagar en sus razones. Venía Genaro con ganas de hablar y fueron muchas las palabras que cruzaron en el camino del tollo justo antes de la revuelta que da a la cuesta del Subido. Allí el silencio se repetía como en un eco y la bruma parecía más transparente y blanca. De Genaro llevó Hilario un nuevo encargo, otro ya le dirás, para su madre. 

También Herminia escuchó lo que Hilario tenía que decirle con la resignación de quien comprende el extravío ajeno. Y eso que dudó bastante al escucharle. No entendió bien que le hablara de oscuridad, de voces que nunca callan y te impiden conciliar el sueño, del color rojo de un atardecer anclado en el fuego en el que, de creerle, se consumía Genaro. Y te pide perdón, añadió. Ay, hijo mío, qué cosas tiene, qué no sería capaz de perdonar una madre. Hilario, díle que. Descuida, Herminia, en cuanto le vea. Y guardó con cuidado esas palabras en el rincón en el que aguardan los deseos.

Hilario nunca entendió demasiado el alma femenina. Por eso se sorprendió al darse de manos a boca con Ángeles Dávila. La misma niebla, parecido silencio. Aún recordaba Hilario el dolor que su muerte causó en su marido, Patricio Remés, llegada como a destiempo, en la flor de la vida, que no era lógico que sucediera algo así. Pero ocurrió, y ahora (otro ahora) Hilario se topaba con ella, hermosa y joven como entonces.

Qué hace Patricio, Hilario, qué hace.

Lo que todos, Ángeles, qué va a hacer, lo que todos.

¿Se ha vuelto a casar?

Con quién, Ángeles, con quién se iba a casar Patricio, que lo pensara, que allí no eran ya sino cuatro viejos aguardando que todo terminara.

Qué tal le ves.

Bien, bien, dentro de lo que cabe. Ya sabes.

Eso era lo que ella quería, saber, e Hilario le dijo, le fue diciendo. Hasta que se despidieron y él regresó de la niebla, del silencio, con un nuevo encargo. Esta vez para Patricio. Algo había en Hilario que denunciaba a los ojos de sus convecinos, los pocos que ya eran, que se podían contar con los dedos de las manos, el trance por el que atravesaba. No, no, Herminia, no vi a Genaro. No, no, a Pascual tampoco. Y, esta vez, todos envidiaban a Patricio que no sabía qué podía decirle a Ángeles. Algo le tendrás que decir, Patricio, le empujaba Hilario, algo. Pero Pascual no encontraba las palabras necesarias para expresar tanto dolor, tanta ausencia y tendía que ser Hilario, caso de ser necesario, quien tradujese a palabras las penas de Patricio. Ángeles, en cualquier caso, tendría que entender.

Ya casi ni recordaba Hilario a Susito, el chico de Ruperta y Jonás, el que murió al caer del árbol de sopas sobre el atoque de la acequia ancha, donde las mujeres tomaban el agua en sus cántaros y el agua entonaba su canción efímera. 

Y a quién le digo, dudaba Hilario, ante el brillo acuoso de la mirada del chico. Porque Jonás también estaba en la niebla, desde hacía ya tiempo, y Ruperta decidió tomar el camino que lleva a otra vida, más allá de la aldea. Imposible hablar a quien se fue sin dejar rastro.

Y a quién le digo.

A Merceditas. Díle a Merceditas.

El amor adolescente no entiende que el tiempo pasa y que Merceditas tampoco está. No está Merceditas. Está Mercedes, claro, pero seguro que no es lo mismo. Te dobla la edad, ya ves, como poco te saca cuarenta años, más, muchos más. No entendería que un chico, ni siquiera Susito, le hablara de aquel modo sin sentir risa o lástima. Paco, su hijo, casi tiene tu edad, Susito. Claro que, a pesar de las advertencias de Hilario, el encargo de Susito era el que era y quién era él para cambiar un ápice de lo que se le confiaba. Está bien, le diré a Mercedes. Lo hizo, y notó que Mercedes sintió lástima por él, por Hilario. ¿Qué le digo? A quién. A quién va a ser, a Susito. ¿A Susito? Pues claro. ¿Le has de ver? Supongo, seguro no es, claro, a ver qué es seguro. Al final hallaba Mercedes algo que decir y él sabía encontrar un hueco en el que guardar las palabras, el tono con que fueron dichas.

Si no fuera por la niebla, por la niebla y el silencio, Hilario se volvería cuerdo. No sabe si es el silencio el que envuelve a la niebla o si es la niebla la que ampara tanto silencio. Qué más da. Lo que sabe Hilario es que antes no le pasaba esto. Ahora sí. Y que antes sus convecinos, los pocos que van siendo, no le miraban de este modo, con una condescendencia, con una indulgencia, con un cariño impensable hasta hacía poco. 

Un día de aquellos Hilario regresó de la niebla sin recado alguno. El silencio se le había pegado a la piel igual que la humedad de la niebla y se sintió enfermo. De una enfermedad distinta. Los demás también lo notaron. De nada sirvió que se avisara a don Jacinto Ureña, el médico que raramente llegaba a tiempo para nada que no fuera certificar el final de quien ya no era su paciente, no podía serlo ya. Cura tampoco había y era una suerte que su presencia no fuera tan urgente. Tiempo había para las cosas del alma. Las del cuerpo, para Hilario, como para tantos otros, dejó de tener importancia.

Cumplidos todos los trámites, Hilario Santyago se internó en la niebla sin necesidad de atravesar el puente de la noria. Allí los encontró a todos. A Susito, a Ángeles, a Pascual el de la Juana, a Gerardo Laborda con su soga al cuello… y a muchos otros que ni conocía ni recordaba. Le recibieron con una mezcla de alegría y pesadumbre que Hilario no entendió.

He venido para quedarme, dijo. Claro, fue Pascual el de la Juana quien les hizo caer en la cuenta, a ver ahora quién nos trae noticias, a ver quién nos va a decir. Y se dispusieron todos a esperar a este lado del puente de la noria, rebozados de bruma y de silencio. A esperar. A Hilario le preguntan. Pero no sabría él decir quién de entre los que quedan será capaz de atravesar la niebla y hallarles. A ver quién. A ver quién cae en el delirio de pensar que están ahí. Porque además (esto se lo calla Hilario) llegará un día en el que no quedará nadie por quién preguntar, nadie a quien dar noticias, nadie capaz de guardar palabras y transportarlas hasta sus oídos. Todos estarán ya allí, en mitad de la niebla y el silencio.


Cuento Ganador en la categoría provincial del 50 Concurso Internacional de Cuentos de Guardo

 A dos metros 

A ellas,  las silenciadas a las que otras debemos prestar voz

Autora: Natalia Calle Faulín


María. Tiene que llamarse María. Le pega. Lo cierto es que siempre me ha parecido que María es un nombre que a todas las mujeres, como que les “cae bien” que diría mi difunto padre. Pero a ella especialmente. Quizá sea porque me recuerda a aquella María Auxiliadora que había en la iglesia de los Salesianos y que, cuando era niño y la misa dominical formaba parte de mis tareas semanales de obligado cumplimiento, me atrapaba en hipnótico abrazo durante el sermón de Don Serapio. Me evoca aquella imagen inmaculada: por su tez, que a los dos metros de distancia que separan nuestros asientos y con la luz intensa de las poco más de las dos de la tarde, se me antoja tersa, suave, delicada; también por la dulzura que he atisbado en su mirada en las contadas ocasiones en las no lleva gafas de sol y me he atrevido a viajar hasta sus ojos durante los ocho exactos pasos que da hasta la cuarta butaca individual de la derecha, la de siempre desde hace ¿cuánto?, ¿uno, dos, tres años? No sé, no recuerdo haber reparado en su presencia sino hasta que logré superar aquel deambular ingrávido dentro de mi propio cuerpo que Carmen me dejó un frío marzo tras echarse a los brazos de un tísico compañero de trabajo. Sí, a priori, no era su tipo, pero…, es innegable, acabó siendo la persona con la que compartía la mitad de su día a día y, por lo visto, muchas más cosas que conmigo. Y de eso hace ya 27 meses. Pues al menos 23 son los que llevamos ella -María tiene que llamarse, seguro-, y yo coincidiendo en la Línea 7, a las 14 horas y 17 minutos de cada día, de lunes a viernes.

Cuando doy las buenas tardes al conductor y acerco mi bonobús al lector, él parece completamente abstraído en el tráfico que circula en uno y otro sentido al otro lado del cristal, pero de un tiempo a esta parte he notado que, tras el clic con el que el aparato da vía libre a mi viaje, gira levemente la cabeza y clava disimuladamente sus ojos en mí. Siento cada día que su mirada sigue mis pasos hasta que ocupo mi asiento. ¿Por qué? ¿Por qué hace eso? ¿Por qué me mira? Me pone muy nerviosa. Me agita por dentro para el resto de la jornada. Y seguro que Juan lo nota cuando llegue a casa (lo nota o se lo imagina, que lo mismo da). ¡Ay, Dios! Si se da cuenta… Para colmo de mi culpa, es que ¡será con razón!; porque no, antes no, pero de un tiempo a esta parte (no sabría decir desde cuándo, a lo mejor, precisamente, desde que sé que a Juan la enfermedad le come por dentro y que pronto, en sólo unos meses, quizá unas semanas, quedaré liberada de sus cadenas para siempre), siento la imperiosa necesidad de sus ojos. Y sí, no puedo negarlo, es verdad que en algunas ocasiones he sucumbido y nuestras pupilas han bailado por unos segundos en torno al mismo haz de luz. Porque eso se nota aquí dentro y yo lo he notado. ¿Qué me está pasando?, ¿qué estoy haciendo?... ¡Madre mía, qué vergüenza! No puede ser verdad que esté pensando en un perfecto desconocido del que ni siquiera sé su nombre. No me puedo creer que, cada día, de lunes a viernes, cuando el urbano de la Línea 7 se detiene en mi parada, ese inconfundible sonido, ese psssssccccchhhhh del autocar al parar que parece una rueda deshinchándose, se cuele en mi estómago para convertirlo en un globo a reventar, en una inmensa bolsa de aire que fluye hacia arriba para no dejarme respirar hasta que, nerviosa, atacada, consigo alcanzar el mismo duro asiento de plástico gris y me dejo caer sobre él. No puedo creer que los sábados y domingos, sienta un vacío inmenso al no hallarle ahí, a dos metros de mi asiento. (No debiera confesarlo, pero, varios días ya, me he visto empujada, que sé yo por qué extraña fuerza en mi interior, a ocupar su butaca y realizar mi trayecto apoyada sobre la misma ventana por la que él disimula abstraerse en el tráfico y los viandantes).

Calculo que ronde los 50, un puñado menos que yo, (aunque, ciertamente, y sin ánimo de resultar presuntuoso, me cuido y se nota, pues siempre me echan media docena de años por debajo de los que certifica mi DNI).  Paso los veinte minutos que compartimos a diario contemplando, con absoluto deleite y la complicidad que me otorgan los dos metros de distancia, su melena a media espalda de pelo castaño oscuro tirando a negro, en la que comienzan a asomar algunas canas que no parece querer molestarse en colorear; también, sus manos, armoniosamente cruzadas sobre el bolso colocado en el regazo después de acomodar entre las piernas la bolsa de rafia de Frutería Isabel que trae cada día, y, sobre todo, su sereno perfil, en el que atisbo una media sonrisa cuando el autobús reanuda la marcha hacia Francisco de Quevedo, 34. No deben gustarle los pintalabios, aunque sí creo que se pone una fina capa de maquillaje, apenas inapreciable. Se ve que le gusta la naturalidad y huye de artificios, también en el vestir, salvo por esas odiosas gafas de sol que luce demasiado a menudo -incluso cuando el gris envuelve el día-, y que se me hacen un muro infranqueable para llegar hasta sus ojos. Pasada la Plaza de la Constitución, comienza su ritual: repasa el correcto abroche de su abrigo, se estira bien las mangas, coloca su bolso bandolera sobre la cadera derecha, coge la bolsa de rafia de Frutería Isabel con la mano izquierda y espera apoyada la derecha en el respaldo del asiento de delante, en posición “listos”, hasta que Manolo detiene completamente el autobús en la marquesina de la Avenida Don Quijote de la Mancha, 58, exactamente a las 14 horas y 37 minutos.

Por un lado, sentir su mirada durante todo el trayecto clavada en mí hace crecer mis ganas de girar la cabeza, mirarle a los ojos, levantarme de mi asiento y acercarme al que, a su lado, siempre permanece vacío, como esperándome; quisiera que el viaje no terminara nunca, que Manolo siguiera dando vueltas y vueltas a la ciudad, la gente se subiera y bajara sin interrupción, el autobús recorriera las mismas calles durante día y noche, y él siguiera mirándome imperturbablemente, sin los dos metros de distancia. Por otro, ardo en deseos de bajarme del autobús, echar a correr, detenerme avanzados unos metros, coger una bocanada de aire que me permita sacar fuera ese globo hinchado que me ahoga y respirar, por fin, sabiéndome lejos de él. Supongo que la asfixia tiene más que ver con Juan que con su mirada. Bueno, más que suponer, estoy segura. ¿Quién, sino Juan, me ha enseñado esa sensación que hasta que cumplimos nuestro primer año de casados yo jamás había conocido? ¿Quién es, sino él, el que atenaza mi cuerpo con su solo aliento; el que hiere mi alma con sus agravios; el que amorata mis ojos con su rabia; el que anula mi vida con la suya…? Me rendí, me he arrodillado durante mucho tiempo, sí, pero ahora me voy a levantar. Sí, Juan Márquez Villalba, ahora sonrío cada día cuando el autobús comienza el viaje y no sólo porque me aleja de ti por unas preciosas horas, sino porque, a dos metros de distancia, hay otro aliento que me remueve.

Habitualmente somos los únicos pasajeros en apearnos en esta parada (será por la hora). Yo dejo que ella se coloque ante la puerta y me sitúo a solo un paso de su espalda dejándome seducir por su aroma -natural, nada de perfumes ni fragancias intensas-, durante el mágico instante que transcurre hasta que las puertas se abren. Entonces baja y gira a la izquierda para recorrer a pie los escasos 200 metros que la separan del Centro Niño Jesús (sé de su destino final porque no he podido resistirme a seguir sus pasos furtivamente agazapado tras la cabina de teléfonos que hay en la acera que toma). Debe de trabajar en el servicio de limpieza. Que no es que no desee yo que lo haga en uno de los despachos de la administración o dirección, pero como que la veo mujer sencilla, más de tareas hacendosas que de esas otras que no sé a qué iluminado le dio por llamar “de responsabilidad” (¿acaso no hay que imprimir responsabilidad en cada trabajo?). Con su andar en la retina, su presencia en algún lugar de mente o corazón -no sabría precisar aún-, me giro, misma dirección, sentido opuesto, para llegar al Ayuntamiento y tener unos minutos para el periódico antes de que arranque mi turno.

Él coge el camino contrario al mío. Supongo que trabaja en el Ayuntamiento, aunque no sé, este horario de tarde… Quizá sea de los de la oficina de la Policía Municipal. Puede que concejal. No sé, me desconciertan su aparente buena forma física y sus manos rudas. ¡Cómo me gustaría cogerme de esas manos y acompañarlo hasta donde quiera que vaya! O mejor aún, que él me esperara a la salida del Centro y me llevara de la mano, de paseo por la ribera, antes de volver a casa. ¡Qué locura, por Dios!... ¿Y Juan?, ¿y mi Santi, qué pensaría mi pobre niño si no acudiera puntualmente al despertar de su siesta, a darle la merienda, a prepararle en su silla para sacarle al jardín, a echar la partida de dominó de cada día, a leerle la novela de turno? ¡Déjate de sueños tontos, mujer! ¡Déjate, que ya no tienes edad para estas cosas!

Hoy estaba alegre, iba sin gafas, me ha regalado sus ojos y hasta me ha parecido que una sonrisa, me ha retenido la mirada y al bajar en nuestra parada me ha dirigido un “hasta mañana” antes de girarse. Totalmente inesperado, este maremágnum de concesiones me impide hoy sumergirme en el periódico y también apaciguar el ardor que tengo en el cuerpo mientras la familia Rosales González le llora a Manuel en su inesperada marcha a los 39 años. ¡Está bien! No más demora. No puedo dejar que pase un día más. Mañana voy a romper esos malditos dos metros de distancia, voy a sentarme en su asiento y, cuando dé los ocho exactos pasos de cada día, voy a levantarme y a tenderle la mano para invitarla a sentarse conmigo en mi habitual sitio de dos. Voy a preguntarle su nombre, voy a decirla el mío, voy a preguntarle por su trabajo y a contarla del mío (aunque no sé…, esto creo que voy a tener que consultarlo con la almohada porque…, en fin, ya sabemos que nos es precisamente apasionante ni agradable).

¡Me he atrevido a hablarle! Ha sido un impulso, sin duda. No me lo había ni planteado, pero al llegar a la parada me ha salido. Sin más. Y me ha sonreído, aunque ni siquiera le he oído contestar a mi “hasta mañana”. Creo que se ha quedado tan cortado como yo misma de mi propio atrevimiento. En fin, me siento bien. A esto se le llama romper el hielo, ¿no? Pero no, no voy a precipitarme. Voy a dejar que, a partir de mañana, la cosas fluyan poco a poco como deban. Además, aún está Juan...

Manolo ha hecho la parada de siempre, pero María no ha subido hoy al autobús. ¡Qué desilusión! ¡Precisamente hoy! No me lo puedo creer. Desde que compartimos viaje, no recuerdo haber dejado de verla ni un solo día subir puntual, de lunes a viernes, al autobús de la Línea 7 de las 14 horas y 17 minutos. Miro tras el cristal, pero no veo nada. Miro su asiento, pero no está, ni tampoco su pelo a media espalda marrón tirando a negro, ni su perfil delicado, ni sus manos apoyadas en el regazo, ni su bolsa de rafia de Frutería Isabel. Aunque intento echar mano de la alegría a la que me abracé tras sacar al espectro de mi cuerpo, llego al Ayuntamiento apesadumbrado, con un irremediable nudo en el estómago, dispuesto a volcar mi atención en el periódico por unos minutos, a acudir luego al vestuario para ponerme la ropa de trabajo y a desplazarme luego en el coche municipal al cementerio con mis útiles para lo que toque, arreglos o entierro, antes de llegar a casa pasadas las 9:30 y meterme en la cama sin siquiera picar algo. Y cuando mi vistazo rápido a titulares y fotos principales llega a la página 7, se me congela el corazón. Ahí está su precioso rostro, melena suelta, mirada tímida, sonrisa delicadamente perfecta, bajo un enorme titular bien tintado en negro: “Un hombre mata a su mujer con un cuchillo y se quita la vida después”.

Se llamaba María, María Garovilla González. Y mañana tengo que darle sepultura tras cavar un hoyo a dos metros…, de profundidad.