domingo, 19 de junio de 2022

Primer premio del LI Concurso Internacional de Cuentos de Guardo

 

LA RECADERA DE LORCA

Primer Premio

Autor: Juan de Molina


Me llamo Martina, aunque los que me conocen me llaman Regadera. Lo que más me gusta es leer y escribir. Voy a la escuela de adultos y aspiro a ingresar algún día en la universidad. La vocación me viene de Federico. Era tan sensible y escribía tan bien. Luego pasó lo que pasó. Le tenían mucha envidia.

Siendo muy niña, yo entraba a su casa a llevarle la ropa planchada, y me quedaba mirando todas las cosas que él hacía de esa manera tan delicada y alegre.

Un día, mientras dibujaba en un cuaderno de rayas sus dibujos tan especiales, se quedó en suspenso. Luego me miró muy quedo y me dijo:

-¿Quieres ir, linda Martina, a comprarme una goma de borrar al colmado de la Lirio?

Él hablaba así de bien, como en las radionovelas. Yo salí a la calle muy contenta de poder serle útil. Cuando volví con la goma, él volvió a mirarme muy fijo. Se besó lentamente la yema de su dedo índice y luego lo acercó hasta mis labios. Yo sentí un cosquilleo. Él me dijo sonriendo:

-Desde hoy serás mi recadera.

-¿Qué es una regadera, Federico? –dije yo.

Federico comenzó a reírse como nunca lo había visto.

-Ay, Martina, qué divertida eres.

Yo me encogí de hombros. No sabía que fuese divertida. De hecho, en mi casa pasaba por sosa.

-Esta niña –decía mi padre de vez en vez-, siempre callada, rumiando como una vaca.

De repente, la risa de Federico se fue como había llegado, sin avisar. Su rostro se volvió serio. Se levantó de la silla y me apuntó con el índice donde un momento antes se había posado la mariposa de sus labios, y que ahora parecía un cuchillo.

-Híncate de rodillas –dijo, muy solemne, aunque el brillo de su mirada desmentía la severidad de su voz.

Yo lo obedecí. Él cogió una regla de la mesa y, moviéndola alternativamente de un hombro al otro, continuó:

-Yo te nombro Regadera, caballero principal de la Real Orden de Mensajería de la Vega de Granada.

- Pero, Federico –repliqué yo, contraviniendo los consejos de mi madre, que siempre me decía que no replicara al señorito, ya que mi padre trabajaba en las tierras de su progenitor-, los caballeros son hombres.

-¿Osas replicarme, Regadera, acaso no sabes que nadie se conoce a sí mismo, o es que tú sabes quién eres? Levántate y anda –dijo, y yo le obedecí al instante y me puse a dar vueltas de un lado a otro de la habitación. Federico se desternillaba de la risa.

-Pero qué graciosa eres, Regadera –me decía entre carcajadas.

Muchos años después, cuando ya vivía subyugada por el gratificante placer de la lectura, la historia bíblica del Lázaro redivivo y de los caballeros del rey Arturo me hicieron comprender cuan de ilustrado era Federico, y eso hizo que mi admiración por él se acrecentara.

Por aquel entonces, yo vivía en una nube. Siempre encontraba ocasión para escaparme a casa de los señores, aunque no tuviese ropa planchada que llevar, y allí encontraba a Federico inventando historias para sus teatrillos. Y él siempre encontraba ocasión para hacerme algún encargo: un cuaderno, un tintero, una barra de regaliz.

Un día me propuso participar en una de sus obras.

-¿Quieres ser mariposa, libélula o sargento de la Guardia Civil? –dijo.

-Sargento de la Guardia Civil –contesté yo, sin dudarlo.

-Ay, Regadera, ¿qué amargo secreto anida en tu corazón?

Su mano se había posado en mi cabeza y me zarandeó el pelo. Y yo sentí una tibieza desconocida, un dulce estremecimiento. Como no sabía qué quería decirme con sus palabras, sólo atiné a decirle que no sabía leer.

-No te preocupes –me dijo-, sólo tendrás que decir: “Alto ahí.” Aunque, eso sí, tienes que decirlo con voz muy seria, como si estuvieses enfadada. Ah, y procura que te salga voz de hombre.

El día de la función, me vistieron con unas ropas que parecían un uniforme y me colocaron un gorro de papel. Me recogieron las trenzas en el colodrillo y me pintaron un enorme bigote con betún. Yo estaba muy nerviosa, porque en el salón estaba don Federico y doña Vicenta, la señorita Conchita y el señorito Paquito y todos los invitados de esa jornada. Mis padres no pudieron acudir, debido a sus ocupaciones, pues, aunque era domingo, mi padre estaba en la remolacha y mi madre atendiendo la plancha.

Recuerdo que todo salió como Federico quería. Él era muy talentoso, y habíamos ensayado con mucha dedicación. Cuando me tocó salir a escena, levanté una mano, saqué la voz del estómago y dije con gravedad: “Alto ahí.” Debí hacerlo muy bien, pues todos se reían de lo lindo. Cuando lo conté en casa, mis hermanos escucharon mi historia con la boca abierta de admiración, pero mis padres no se inmutaron. Mi padre movió la cabeza de un lado a otro y no dijo nada. Mi madre se limitó a decirme que avivara el hornillo para preparar la cena.


Le debo mucho a Federico. Tuvo mucha paciencia conmigo. Por alguna razón, yo le caía bien, y él se propuso enseñarme a leer. Era muy divertido. De él aprendí la palabra cristobita y cachiporra, mariposa y cascabel, y tantas otras.

Me regaló un cuaderno de rayas y pastas azules, un cuaderno que me mandó a comprar en el colmado de la Lirio. Un cuaderno que, aún hoy, a la vuelta de los siglos, conservo como una preciada reliquia. En él escribió una primera palabra. La recuerdo muy bien. Era la palabra amor.

-Ahora, escríbela tú –dijo.

-Pero, yo no sé escribir –dije.

-¿Sabes dibujar? –dijo él.

-Dibujar, sí.

-Pues, entonces, dibújala.

Era un método sencillo. De ese modo, junto a su letra menuda y pareja, yo iba dibujando mis grafías enormes e irregulares. Pero él era muy paciente y me alentaba mucho. Unas veces me aplaudía y otras me posaba su mano en el hombro y ejercía una ligera presión, y yo volvía a sentir ese grato estremecimiento que me nacía en el estómago y se desparramaba hacia las extremidades como un arroyo crecido. Muchos años después, cuando yo ya leía todo lo que caía en mis manos y una vez leí: “De los álamos vengo, madre, de ver cómo los mueve el viento”, me imaginaba el suave temblor de las frondas de los árboles de la ribera y lo comparaba al placentero cimbrear que notaba en mi cuerpo cuando Federico lo tocaba con sus manos prodigiosas.

Por alguna razón, después de que hiciera el papel de sargento de la Guardia Civil, sentía que me gustaba vestirme con los pantalones de mis hermanos. Y, aunque mi madre me invitaba a que me los quitase, argumentando que esa era ropa de niño, mi padre, más drástico, o más bruto, se limitaba a gritarme y, en el peor de los casos, si yo osaba replicarle desde mi inocencia, el rigor de su argumentación en forma de bofetada me fue convenciendo de que había dos realidades: la que estaba empezando a descubrir en mi interior y la que corría paralela fuera de mí. La primera, confusa y angustiosa, y, la segunda, firme y compacta como una roca y desprovista de cualquier forma de empatía o comprensión.


Con el tiempo, Federico se había hecho mayor, y su padre lo mandó a Madrid a estudiar. Así que yo dejé de entrar en su casa, si no era para llevar la ropa planchada. Me había quedado sin papeles que representar y sin recados que atender. Pero me quedaba su cuaderno, que yo abría al azar, cada día, y donde encontraba palabras como luna y gitano, hierbabuena y lagarto, arcángel y fragua, aceituna y alforja, recadera y mariposa.

Recuerdo que, después de un sinfín de palabras hermosas, que volaban a su albedrío como alondras sin amo, comenzamos a juntarlas.

-¿Qué sería de nosotros si viviésemos solos en el mundo? ¿No te parece muy triste? ¿Te imaginas a Adán sin Eva en el Paraíso, o a Eva sin Adán? No sería un paraíso, ni siquiera un vergel, sino, más bien, un erial cuajado de punzantes cardos, un páramo yermo de angustia y desolación. Las palabras, como las personas, cuando se juntan, descubren un universo lleno de posibilidades -me dijo en una ocasión, con esas mismas o muy parecidas palabras.

Y, aunque yo no lograba entender el significado de lo que me decía, sí recuerdo nítidamente sus dos primeras frases, sin necesidad de acudir al cuaderno para refrescar mi memoria. Esas dos frases que, hoy, después del tiempo transcurrido, cobran tanto sentido para mí. “Yo amo.” “Tú amas.” Siguieron muchas más, claro, y cada vez más complejas, pero esas dos primeras frases eran toda una declaración de intenciones, aunque eso lo supe mucho después, cuando él ya no estaba físicamente en este mundo, y, sin embargo, y a pesar de los que quisieron silenciarle con tanta crueldad y alevosía, ay, seguía estando tan presente y vivo a través del legado de su hermosísima obra.


Me gusta escribir, ya lo he dicho al principio. Y aún más me gusta leer. Y todo se lo debo a Federico. Él me inoculó el veneno del amor por las letras. Cuando abro el cuaderno azul y veo sus páginas, que el tiempo ha vuelto amarillas, siento que le debo todo cuanto soy, si es que soy algo. Yo también, como él, me vine un día a Madrid. Necesitaba encontrarme a mí mismo, saber quién era en realidad. Y, aunque corren tiempos convulsos, se percibe en el aire una cierta apertura. La democracia ha venido, y nadie sabe cómo ha sido, me digo para mis adentros y me sonrío. Sí, la democracia ha llegado para quedarse, a pesar de Tejero y de los que piensan como él.

Después de transcurridos unos años del intento del Golpe de Estado, el aire de la libertad recorre las calles y se cuela en las casas y en los corazones como un bálsamo. Como lo demuestra la reciente publicación de la obra póstuma de Federico, de los versos del amor que no dice su nombre.

Yo, por mi parte, a pesar de mis años, aún sigo albergando dudas, y no sé si algún día daré el gran paso. Mientras tanto, la continua relectura de mi cuaderno de páginas amarillas y el hombre angustiado que adivino en los Sonetos del amor oscuro, me ayudan a seguir erguido, aunque tembloroso, como los álamos de las riberas, como los enhiestos chopos de mi Vega amada, como los árboles altos de mi Vega, nunca del todo perdida.


Premio provincial del LI Concurso Internacional de Cuentos de Guardo

 

Pecados capitales

Premio Provincial

Autora: Natalia Calle Faulín



El olor a hierba recién cortada impregnaba la tarde, y el sutil y volátil aroma que los tallos desprendían en su agonía final animaba el vuelo de la pareja de cigüeñas anidada en el campanario en busca de algún topillo retozante despreocupado, de alguna culebra -en la mejor de las suertes-, a la que un dalle hubiera asestado golpe fatal. El sol apaciguaba por fin el descomunal fuego con el que había azotado al día, pero, aletargada la brisa, su ocaso anunciaba otra noche sofocante; no más que una leve tregua hasta que en la nueva mañana el astro volviera a reinar en lo más alto del cielo y descargara implacable su justicia de pleno verano. El joven, cual mitológico Caronte, enfilaba brioso el descenso por la vereda que zigzagueaba junto al arroyo de aguas frescas y cristalinas en el que acababa de empapar su nuca en busca de refrigerio tras una jornada maratoniana. Rastrillo al hombro, torso descubierto y gotas de sudor resbalando alegres, pícaras, desde su brillante mata de pelo negro hacia las sienes, alcanzando sus patillas, tomando su cuello…, recorriendo cada centímetro de su portentoso y escultural cuerpo, bebiendo de cada poro de su piel, hasta la extenuación final.

Levantó el brazo en señal de saludo a Jacinto, que apuraba los últimos rayos para acabar de voltear alfalfa en la era de la Raposilla y que, aferrándose al soplo que propiciaba aquel encuentro puntual, descansó la herramienta para responder con gesto idéntico antes de lanzarle su característica muletilla “¡Con Dios!”. (Como si intuyera que Dios estaba llamado a mediar aquella noche). El curtido campesino se lo quedó mirando, acompañando sus pasos hasta que desapareció por completo de su campo de visión, absolutamente ensimismado. Más aún, envilecido: por su juventud; por su tersos pectorales; por sus moldeados abdominales y respingones glúteos, cual esculpidos por un artista a golpe de cincel o por el propio Pierre Subleyras a trazos sublimes; por los negros y abundantes mechones que coronaban aquel rostro jodidamente bello hasta para un paisano que ni siquiera en sus tiempos mozos había oído hablar de pómulos, hoyuelo, ojos rasgados, mirada profunda, sonrisa cautivadora, labios carnosos o pelazo deslumbrante, hasta que aquel joven ocupó la casa de los buenos de Antonino y Amparo y su sola presencia se coló en todas y cada una de las cocinas del pueblo, en los corrillos a la salida de la misa, en el vermú en la cantina antes de comer, en la partida de cartas los domingos por la tarde…

Raúl Rialto Ruilobas, (¡hasta su nombre sonaba a música!), intuía -más bien sabía con total certeza-, de aquella admiración entre visillos y, aunque incluso desconocía la palabra egolatría, sí se sentía seguro de sí mismo y manejaba y jugaba aquellas buenas cartas que la naturaleza y los genes le habían conferido con sutil maestría. Lo hacía desde el mismo momento de su llegada, desde que, empujado por un anhelo de campo -probablemente de herencia congénita y que había efervescido de manera tan inesperada como imparable tras un puñado de experiencias laborales en la construcción y en la industria fabril-, se instaló en la casona abandonada desde hacía más de una década de sus abuelos, dispuesto a devolver a la vida las tierras familiares y a entregarse a ellas.

Pero lo que no sabía aquel pesado atardecer de julio mientras encaminaba sus pasos hacia el número 7 de la Calle El Calero es que, ya en la espesura de la noche, en aquella casa le encontraría la muerte.

En el letargo del sol, la dama de negro, con su guadaña al hombro, su cadavérica mirada y su alma desnuda iniciaba su camino firme, altiva, impasible hacia la casa de los Rialto, dispuesta a congelar aquella sofocante noche de verano. Y no lo hacía sola...

Bien pudiera ser que urdiera su visita con el propio Jacinto, a quien corrompía la ira desde que su mujer le contara semanas atrás que su Lucía, la niña de sus ojos, bebía los vientos por el nieto de Antonino. Y eso, que aún no sabía el noble paisano, que la menor de su prole, a la que pese a sus 17 años aún seguía viendo como su “pequeña e inocente palomita”, ya se había entregado al chaval en la era de Los Lobos un par de domingos -los dos últimos, concretamente-, después, precisamente, de haberse mostrado extrañamente inapetente a la par que nerviosa en la cena, y haber aludido a la necesidad de salir a dar un paseo con la Susi para tomar el fresco antes de acostare, -casta excusa sobre la que Jacinto y señora no levantaron sospecha y ante la que, por supuesto, no pusieron reparo alguno-.

A lo mejor la muerte caminaba de la mano de Manuel, quien, una tarde entresemana, hacía poco más de diez días, descubrió en su viejo almacén a su sobrina -la tal Susana, por cierto-, jugueteando entre sacos de harina con Raúl; los dos medio coritos, embadurnada de harina ella, sudoroso él, salpicado de motas blancas su cabello negro azabache; completamente entregados a caricias, arrumacos, lametones y embestidas que el panadero del pueblo observó ensimismado agazapado tras una tolva, más sudoroso aún que la joven pareja, ardiendo en deseos de replicar aquellas escenas con su Rosario, pero sabedor de que ella jamás accedería a unos juegos que desde aquel día no pudo borrar de su lujuriosa mente.

Quizá la dama de negro marchaba aquella noche al lado de la cándida Bárbara, que devoraba magdalenas, pastas, bizcochos y todo tipo de dulces de alta concentración calórica que cayera en sus manos, a la misma velocidad que libros. Su recatada inocencia había saltado por los aires el mismo día en el que vio por primera vez al nieto de la señora Amparo. Él intentaba esquivar sus puritanos coqueteos con encantadora sutileza, de tal modo que, en cada uno de sus encuentros, la lanzaba piropos entre lo burlón y lo pícaro sin malicia, aunque sabedor a conciencia de que aquellas palabras envueltas en una seductora sonrisa valían para mantener a la bibliotecaria de redondos y sonrosados mofletes cual pajarillo comiendo de la palma de su mano. Cada uno de aquellos encontronazos, -siempre propiciados por ella, pues no era el chaval de mucha lectura-, empujaba un poco más a Bárbara hacia el abismo de la locura y despertaban en su fuero interno un creciente instinto de posesión que sólo podía aplacar comiendo, devorando durante horas, hasta que la gula dejaba paso a un voraz sentimiento de culpa que la llevaba a encerrarse en sí misma, a huir de todo y de todos, hasta que regresaba el anhelo de planificar un nuevo encuentro con Raúl.

Podría ser que la sombra que aquella noche acompañaba a la de la mismísima muerte fuera la de Segismundo. Vecino del número 5 de la calle El Calero desde que su madre lo alumbrara en medio de una fuerte hemorragia que, si bien no acabó de llevarla al otro mundo de forma precipitada, sí la dejó una fuerte debilidad de por vida, Segismundo siempre tuvo un vínculo enfermizo con el hogar paterno y con el que Antonino y Amparo remodelaron sin privaciones unos pasos más arriba siendo él bien chico, hasta el punto de que consideraba las dos construcciones de la calle alta como un todo y a sus vecinos, de cuyo trato cordial y afecto gustaba de presumir, como una misma familia. Pero desde que la defunción de Amparo dejara la casa vacía, le había sobrevenido una todavía mayor admiración y deseo de posesión por la hacienda vecina. Incluso se había atrevido a ofrecerse depositario de una llave por si se daba algún imprevisto casero, y también para realizar, sin que le supusiera molestia alguna según se había encargado de recalcar, el mantenimiento del formidable patio y huerto trasero de la casona. Tan feliz de hacerlo estaba, que incluso había descuidado un tanto el suyo -a decir verdad, tan amplio y tan agradecido como el colindante-, en detrimento del de Antonio y Amparo, al que un poso adormecido de avaricia le había llevado a codiciar como propio. Pero la llegada de Raúl había alterado sustancialmente su cotidianeidad y ahora se veía relegado de nuevo a mirar aquel patio y a aquel huerto de los Rialto desde la distancia, sabiéndolos ajenos y en manos de un “botarate, de un zascandil, de alguien que no sabía, ni de lejos, apreciarlos ni cuidarlos como él”.

A decir verdad, a nadie le hubiera extrañado tampoco que la mala muerte se encaminara hacia la casa de los Rialto en buena armonía, con Jesús Gómez Matas. Joven, bien parecido, arrogante e “el hijo del alcalde”, como él mismo apostillaba siempre alto y claro. Vanidoso y ególatra hasta la médula, gustaba situarse frente al espejo, día sí día también, y vanagloriarse de que las mozas del pueblo y alrededores bebieran los vientos por él y de que su persona representara el paradigma del éxito que cualquier hombre deseara: buena posición social, atractivo físico, unos estudios que iban avanzando -aunque fuera a golpe de talonario por ser vos quien sois-, y capaz de captar la atención del mismísimo Dios con apenas un chasquido de dedos. Pero desde la llegada de Raúl su seguridad se tambaleaba a ojos de todos y cada vez que sus pasos se cruzaban con los del nieto de Antonino sentía un retortijón que hasta le impedía respirar. Porque Rialto le había usurpado el inigualable placer de sentirse el ser más admirado de la tierra, y aquella era para él una puñalada por la espalda que traspasaba todo su ser hasta llegar a lo más hondo de su soberbia.

A lo mejor era que la dama de negro avanzaba delante de Arturo, quien ni siquiera sería capaz de llegar a tiempo a una cita así. Hijo del tío Teo, despreciaba con profusión a Raúl años ha y, desde que acertaba a recordar, sólo sentía antipatía por aquel chaval que era “tan trabajador”, que “le ponía tantas ganas a todo”, que “lo hacía todo tan bien”… “¡Que era el espejo en el que debía mirarse para dejar de ser tan holgazán!”, tal y como le repetía machaconamente su padre casi a diario. Desde que su primo, el gran Raúl, volviera al pueblo, la animadversión de Arturo hacia él no había hecho sino crecer, sin duda alimentada por las palabras de admiración que su padre regalaba al sobrino recuperado y los desprecios que le prodigaba a él por “pasarse el día tirado en el sofá”, por “no mover un dedo más allá de lo estrictamente necesario”, por “ser un cero a la izquierda”, por “ser un perezoso redomado a quien se la traía al pairo no tener oficio ni beneficio pese a haber superado los treinta”.

Pudiera ser que la muerte bailara aquella noche al paso de cualquiera de ellos, de quienes, sin duda, en algún momento habían interiorizado razones para acabar con Raúl Rialto Ruilobas. Amaban y odiaban, admiraban y despreciaban a la par, a aquel joven que, con su sola irrupción, había alterado sus vidas, los había convertido en los pecadores que nunca habían creído ser, había despertado en ellos un instinto que jamás creyeron tener. Y allí estaban, en la espesura de aquella cargada noche de julio, como posibles acompañantes de la impía. Sin embargo, la Parca Morta había dejado a aquellos cinco hombres y a la inocente bibliotecaria en la tranquilidad de sus sueños y se apoyaba en los brazos de otro compañero de baile.

Con la complicidad de la oscuridad, el asesino de Raúl Rialto Ruilobas siseó cual astuto zorro entre esquinas hasta encontrar la tapia del huerto trasero del número 7 de la Calle El Calero, sorteó el muro, forzó con escrupuloso sigilo la puerta de la cuadra, que, como buen conocedor de aquella vivienda, sabía comunicaba con el cuarto que hacía las veces de despensa, y, como si todos los santos se hubieran aliado en su trama, emboscó al portentoso joven en el sofá, a pecho descubierto y profundamente dormido entre tiros de una película del oeste que la televisión encendida escupía vaticinadores.

Apenas diez minutos después, despojado ya de la compañía de la muerte, el profanador del quinto mandamiento deshacía el camino andado. Portaba, en la mano derecha, la estola del delito; en la izquierda, un hatillo hecho con delicadeza con el purificador de hilo blanco impoluto que años atrás habían regalado los buenos de Antonino y Amparo a la Parroquia del Santo Cristo del Perdón; dentro, frondosos mechones de pelo negro azabache hurtados de la brillante y vigorosa mata de Raúl a envidiosos trasquilones.

En la pesadez de aquella sofocante noche de julio en la que la práctica totalidad de las ventanas de las diseminadas casas permanecían abiertas, nadie oyó nada; nadie escuchó pasos furtivos o ladridos perturbadores al asomar al quicio de la puerta o al acodarse en la repisa de la ventana a la caza de algún reconfortante soplo de aire. Nadie apreció más sombras que la de la difusa figura, con su cabeza monda resplandeciente bajo la luz de las velas al otro lado de la cristalera principal de la casa parroquial, de Don Francisco, que, a decir de sus parroquianos, era un gran santo y que, con la mano sobre la Biblia, juró haber pasado aquella pesada noche en la que se produjo el desgraciado asesinato de Raúl -de aquel “admirado joven con toda la vida por delante y al que todos profesaban gran cariño”, como diría durante el sepelio-, rezando. El calor de aquella noche, como si del mismísimo infierno se tratara, dijo Don Francisco, no le había permitido conciliar el sueño, y ya, se sabe, “cuando la mente no descansa, el alma reposo no halla”. Así que él, no había encontrado mejor menester que el de entregarse a la oración: “por todos los pecadores, por las almas de esos hombres y mujeres que siempre, imperturbablemente, por más que oigan la palabra de Dios, no la escuchan, y se dejan poseer por la ira; permiten que la lujuria penetre en sus mentes y nuble su sentido; caen en las fauces de la gula; nunca se conforman y codician los bienes materiales del prójimo; siempre creen estar por encima de los demás; holgazanean menospreciando en cada inhalación el gran regalo de la vida, y, lo que es peor, envidian a su vecino. ¡Y no sea por su bondad, su espíritu de lucha y capacidad de esfuerzo, o por irradiar a su paso la luz que, cual don, les confirió nuestro Señor!, sino por algo tan banal como su brillante mata de pelo negro”.



sábado, 4 de junio de 2022

ACTA DEL 51º CONCURSO INTERNACIONAL DE CUENTOS DE GUARDO – 2022


Reunido el jurado calificador del Concurso Internacional de Cuentos de Guardo el viernes, 3 de junio de 2022, una vez leídos los diez cuentos que han llegado a la fase final:

  • La recadera de Lorca
  • La mirada erguida
  • Una botella a mano
  • Para salvarte
  • Calcomanías
  • El vuelco
  • El escultor de golondrinas
  • Negación de las sombras
  • Pecados capitales
  • El armario con luna

 se procede a una serie de votaciones sucesivas y eliminatorias para otorgar el PRIMER PREMIO dotado con 1.500 €, donados por la Diputación de Palencia, y trofeo conmemorativo “El Minero”, al relato titulado “La recadera de Lorca”, que abierta su plica resultó ser su autor: Juan de Molina, residente en Ubrique (Cádiz)                                                                                                    

    En segundo lugar quedó clasificado el cuento titulado “Negación de las sombras”.                                                                                                                                                                       Para este Primer Premio se han presentado 257 relatos, de los cuales 4 proceden de Bélgica, Chile, Guatemala y USA.

Para el PREMIO PROVINCIAL, reservado a autores palentinos, se han presentado 20 cuentos, siendo finalistas:

  • Un trabajo sencillo
  • Espejos
  • Santiago y Juan
  • Cementery Blues
  • Una especie de tristeza
  • Pecados capitales

Por el mismo sistema se proclamó ganadora de este premio la narración titulada “Pecados capitales”que abierta la plica correspondiente resultó ser su autora: Natalia Calle Faulín,  residente en Boecillo (Valladolid) y natural de Palencia.

Este premio está dotado con 500 €, donados por la empresa DEPORCYL, más trofeo conmemorativo “El Minero”.

            En segundo lugar se clasificó el cuento titulado “Un trabajo sencillo”. 

El jurado calificador estuvo formado por: Jaime García Reyero, Presidente del Grupo Literario Guardense, José Luis Tejerina de la Fuente, Catedrático de Lengua y Literatura;   y los miembros del Grupo Literario GuardenseJulia Estrada Serrano, Fefa González Arias, Carlos Cardillo Lorenzo, Elena Fernández DecimavillaJuan Carlos de la Fuente González, Nemesio Martínez Alonso, Almudena Bustamante Aníbarro y Mariano Blanco Antolín que actuó como secretario.

           Guardo, 3 de junio de 2022

martes, 29 de marzo de 2022

El plazo de presentación de cuentos para el "LI Concurso Internacional de Cuentos de Guardo" finaliza con con la recepción de 277 obras

 


Finalizado el plazo de recepción de cuentos de LI edición del Concurso Internacional de Cuentos de Guardo, se han recibido un total de 277 cuentos, de los cuales 20 optan al Premio Provincial. Los relatos proceden de toda la geografía nacional y solo 4, en esta ocasión, se han remitido desde el extranjero, en concreto de Bélgica, Chile, Guatemala y USA. Estos premios están patrocinados por la Diputación de Palencia, el Primer Premio y por DEPORCYL, el Premio Provincial.

Como viendo siendo habitual, gracias a la aportación del Ayuntamiento y la colaboración de AMGu, la Gala de entrega de premios se celebrará el 18 de junio en el Auditorio Municipal y se abrirá, en esta ocasión, con un pregón a cargo de Eduardo Gutiérrez Pérez.

Eduardo es un asiduo colaborador del Grupo Literario de Cuentos desde hace muchos años. Él se ocupa de la difusión del Concurso a través de las páginas web especializadas en certámenes literarios; también, creó el blog del concurso de cuentos https://concursocuentosguardo.blogspot.com y se encarga de su mantenimiento. Blog en el que se recogen las convocatorias, actas, cuentos ganadores y otras noticias relacionadas con el Concurso, desde hace más de 10 años. A él le debemos, también, en un momento difícil del certamen que no se interrumpiera la convocatoria del mismo.

Este año, además, gracias a una subvención de la Diputación, se va a encargar de la edición impresa de los cuentos ganadores del Primer Premio en estos 50 años de Concurso.

Pero, si estos son algunos de los méritos en relación al prestigioso Concurso de Cuentos de Guardo, no lo son menos los literarios. En este sentido, cabe destacar que es un incansable difusor de los valores paisajísticos, artísticos y monumentales de Palencia y provincia que ha plasmado en libros como “Dentro de mi mochila”, “El canal” o “El viejo camino”; este último libro es la expresión de su pasión por recuperar antiguos itinerarios, como es el Camino Olvidado de Santiago.

Cerrará la Gala en esta edición el Trío “Ararat”, grupo de música de cámara formado por la soprano palentina, Sonia Santoyo, el violinista armenio, Suren Danelyan, y el organista vallisoletano, Jorge Colino.  

La versatilidad de su composición les ha permitido preparar un amplio repertorio desde las bellas arias del Barroco hasta música romántica, ópera y canción moderna, actuando en ciclos de conciertos, eventos y actividades culturales en España y en el extranjero, bien como grupo o formando parte de orquestas y coros de reconocido prestigio; al tiempo que lo compaginan con su labor docente y diferentes grabaciones y bandas sonoras de películas.

“Un arca de música”, programa que presentarán en la Gala, es, como el “arca de Noé” que se posó en el monte Ararat, un rescate de partituras, piezas musicales de la historia de la música hasta la actualidad que nos recordarán la belleza y los sentimientos que merece la pena preservar en nuestra memoria.


lunes, 24 de enero de 2022

El Grupo Literario Guardense convoca para el 7 de febrero el "LI Concurso Internacional de Cuentos de Guardo"

 


LI CONCURSO INTERNACIONAL DE CUENTOS DE GUARDO – 2022

BASES

1ª – Se establecen los siguientes premios:

Un primer premio de 1.500 euros, aportado por la Diputación de Palencia, más reproducción de la escultura al minero al mejor cuento presentado de tema libre.

Un segundo premio de 500 euros, donado por la empresa DEPORCYL de Guardo, y reproducción de la escultura al minero al mejor cuento presentado de tema libre por autor palentino, nacido o residente en la provincia de Palencia.

2ª – Los cuentos serán originales, inéditos y no premiados en otros concursos, con extensión máxima de cuatro hojas, en formato A-4, escritos por una sola cara y con un tamaño de fuente no inferior a 11 e interlineado no inferior a 1,5.

3ª – Los cuentos se enviarán en un sobre por triplicado, grapados y sin firmar. Dentro del sobre se acompañará una plica, en la que se incluirá título del cuento, nombre, apellidos, dirección y teléfono.

4ª – Los envíos se harán por correo ordinario a la siguiente dirección: 

Ayuntamiento de Guardo

(A la atención del “Grupo Literario Guardense”)

34880 Guardo (Palencia)

5ª – Los autores palentinos que quieran optar al premio provincial deberán hacerlo constar expresamente en la cabecera del cuento, indicando “Opta al Premio Provincial”.

6ª – El plazo de presentación de cuentos comienza el 7 de febrero y finaliza el 19 de marzo de 2022.

7ª – El fallo del jurado se realizará, previsiblemente, la segunda semana de junio.

8ª – La entrega de premios y lectura de cuentos tendrá lugar en un acto cultural, en el mes de junio, en día y hora que se comunicará, tras el fallo del jurado, en páginas web, prensa, radio y otros medios de difusión.

9ª – Es requisito imprescindible que los autores galardonados, si estos residen en la península, se presenten en el citado acto cultural para leer su trabajo y recibir el premio correspondiente.

10ª – Los trabajos premiados quedarán en propiedad de la organización, así como los derechos de explotación de la propiedad intelectual (reproducción, comunicación pública, distribución y transformación) que quedarán cedidos en exclusiva al Grupo Literario Guardense, sin límite territorial ni temporal alguno, adquiriendo este último el derecho de publicación de los mismos, mediante cualquier sistema o formato, modalidad o procedimiento, mencionando la autoría de los mismos.

11ª – Los trabajos no premiados no serán devueltos y se destruirán después del fallo del jurado.

12ª – El Grupo Literario Guardense se reserva el derecho de modificar plazos, fallo del jurado, fecha de entrega de premios, así como cualquier otra cuestión relativa al Concurso,  circunstancias que podrán ser consultadas en el blog del Concurso: https://concursocuentosguardo.blogspot.com/

domingo, 16 de enero de 2022

Cuento Ganador en la categoría internacional del 50 Concurso Internacional de Cuentos de Guardo

 Del silencio y de la niebla    

--Blas Laboira—

Autor: Manuel Arriazu Sada


A veces se echa la niebla y lo cubre todo. Es un cendal húmedo e inesperado que oculta a los ojos un paisaje de sobras conocido. Tal vez por eso nadie echa en falta lo que se oculta tras ella ya que saben que ha de regresar al poco el río con su escolta de álamos temblones, sus prados verdes, sus montañas escarpadas con su corona de nubes, los caminos de tierra pisada antaño por gentes que ya no están. Hilario Santyago conoce bien esta niebla que borra sus esperanzas de encontrar el camino de salida a este valle perdido. Nunca podrá ya abandonarlo, pasó su tiempo. Fueron muchos los que lograron desasirse de su querencia. Muy pocos regresan. Nadie, en realidad. El camino está ahí, pero hace ya mucho tiempo, demasiado, que nadie aparece, nadie trae un soplo de esperanza a este lugar sin nombre en el que vivir es ir muriendo. El camino se ha crecido de abrojos a fuerza de desuso. 

En esta tierra olvidada siempre se respetó a los locos y a los muertos. A los muertos por lo que su memoria significa para quienes alguna vez fueron sus vivos, algunos lo siguen siendo a duras penas. A los locos porque entender las miserias del alma humana no es antídoto contra la propia locura y nadie está libre de caer en ella o en sus aledaños. Hay muchos modos de estar loco y andar revestido de una cordura que no es sino el hábito que permite vivir entre los cuerdos como si en realidad todos estuvieran contagiados por la misma sinrazón. Del mismo modo que hay infinitas maneras de estar muerto. Eso lo sabe bien Hilario Santyago.

Por eso los paisanos de este pueblo perdido entre los montes, escondido al final de una trocha que muy pocos se atreverían a seguir sin el temor de extraviarse definitivamente, han vivido siempre con la sensación de estar condenados a tomar, locos o cuerdos, esa misma senda. Un camino breve para los muertos, que lleva hasta el recodo del camposanto a los que se da tierra en un recinto escueto rodeado de tapias bajas de piedra y una cancela de hierro, siempre abierta. Desde la ladera, los ángeles custodios, vigilan el paso de los vivos. Son muchos los que se fueron yendo. No todos se iban muertos. Tomaron el camino para marchar y se iban vivos y no regresaban jamás. Aquí quedaban los viejos y los muertos. Locos o cuerdos. 

Parientes tenía Hilario Santyago que tomaron el camino sin volver la vista atrás por miedo a convertirse en estatua de sal. A veces alguno regresa. Para volver a marcharse al poco, convencidos de que hicieron lo que debían, animando a los demás a seguir su senda. Otros miran pasar a los vivos, a los pocos vivos locos, a los pocos vivos cuerdos, desde la ladera de los cipreses y los ángeles custodios. A Hilario, en realidad ya no le quedan parientes entre los cuatro gatos que son en la aldea. Vive solo. Muy pocos tienen la suerte de no sufrir la soledad. Son un archipiélago de soledades por mucho que a veces se reúnan para tratar de mostrar lo contrario. De hecho es frecuente que sin saberlo anden contagiando a otros su propia soledad.

Por eso, en ocasiones, Hilario siente que no hace pie en la realidad, que se hunde sin tocar fondo, que se ha vuelto loco, de un modo definitivo. Sobre todo desde un tiempo acá. Por lo que le sucede cuando cae la niebla. Al principio pensó que no era sólo a él a quien le ocurrían aquellos encuentros inesperados. Creyó que a los demás también les sucedía. Pero no. Por eso se intuye tocado de una voluntad ajena a la suya, quién sabe si divina, poseedor de un don preciado del que no sabe si sentirse dueño, como si en realidad se le hubiera concedido a toda la comunidad como una merced por más que él, sólo él, tuviera que soportar la carga de su propio extravío. Una demencia suave y reposada, tranquila y exenta de amenazas, poco más que una extravagancia. Porque sólo a él le traía cosas la niebla que a los demás no. Pero eso lo supo más tarde. Porque no es fácil comprender que la locura puede dotarte de suficiente lucidez como para saberte cuerdo. O casi.

La primera vez que a Hilario Santyago le alcanzó la niebla con su mensaje inesperado, pensó que era la fiebre la que le sometía a su voluntad sin que él pudiera hacer otra cosa que aceptar como inevitable aquello que se presentaba ante él con un aura de normalidad carente de cualquier amenaza ni presagio de peligro alguno. Había silencio, eso sí, el silencio con que la niebla lo envuelve todo. Había salido de casa y, aunque ya amanecía, fue justo al pasar el puente de la noria cuando sintió que se sumergía en el húmedo seno de otra realidad. Con todo y con eso ningún presagio aciago le asaltó, nada aparte del silencio. Entonces le vio venir, como tantas otras veces le viera en vida, con el ramal del borrico en la mano, la vara sobre el hombro, Pascual el de la Juana. 

Hombre, Hilario, cómo tú por aquí.

Ya ves. Fue todo lo que a Hilario se le ocurrió que debía decir. Recuerda, claro, que fue Pascual el que comenzó a preguntar, qué tal la Juana, qué tal los chicos, qué tal todo.

Bien, bien, todo iba bien. Que no entendía que preguntara si desde allí podía verlo todo. Que no, Hilario, que no. ¿No veía que la niebla y el silencio lo cubrían todo?

Fue también Pascual quien, al despedirse, le dejó el encargo, dile a Juana que se cuide, dile que no venda el huerto, dile que estoy bien, dile que… dile…

¿Eso le digo?

Claro.

Después cruzó el puente de la noria, en dirección a la aldea, tuvo que suponer Hilario, porque era cierto que la niebla lo cubría todo hasta engullirlo, Incluso el silencio parecía tragarse la niebla.

Todavía recuerda Hilario el gesto de estupor de Juana. Qué dices, Hilario, el Pascual va para tres años que murió, cómo podía él venir ahora con esas. Pero escuchó lo que tenía que decirle que no hubiera estado bien desairar a quien, estaba claro, comenzaba a sumirse en una sima oscura de irrealidad. Por si acaso, Juana quiso dejar su recado, si le volvía a ver que le dijera. Hilario anotó las palabras de Juana allí donde la memoria se convierte en intención. Que descuidara, Juana, él se encargaba de hacerle saber.

Su encuentro con Genaro Laborda, soltero, se produjo en circunstancias similares por más que Hilario tratara de hallar diferencias sustanciales. Aún traía Genaro su soga al cuello y a Hilario le hubiera gustado indagar en sus razones. Venía Genaro con ganas de hablar y fueron muchas las palabras que cruzaron en el camino del tollo justo antes de la revuelta que da a la cuesta del Subido. Allí el silencio se repetía como en un eco y la bruma parecía más transparente y blanca. De Genaro llevó Hilario un nuevo encargo, otro ya le dirás, para su madre. 

También Herminia escuchó lo que Hilario tenía que decirle con la resignación de quien comprende el extravío ajeno. Y eso que dudó bastante al escucharle. No entendió bien que le hablara de oscuridad, de voces que nunca callan y te impiden conciliar el sueño, del color rojo de un atardecer anclado en el fuego en el que, de creerle, se consumía Genaro. Y te pide perdón, añadió. Ay, hijo mío, qué cosas tiene, qué no sería capaz de perdonar una madre. Hilario, díle que. Descuida, Herminia, en cuanto le vea. Y guardó con cuidado esas palabras en el rincón en el que aguardan los deseos.

Hilario nunca entendió demasiado el alma femenina. Por eso se sorprendió al darse de manos a boca con Ángeles Dávila. La misma niebla, parecido silencio. Aún recordaba Hilario el dolor que su muerte causó en su marido, Patricio Remés, llegada como a destiempo, en la flor de la vida, que no era lógico que sucediera algo así. Pero ocurrió, y ahora (otro ahora) Hilario se topaba con ella, hermosa y joven como entonces.

Qué hace Patricio, Hilario, qué hace.

Lo que todos, Ángeles, qué va a hacer, lo que todos.

¿Se ha vuelto a casar?

Con quién, Ángeles, con quién se iba a casar Patricio, que lo pensara, que allí no eran ya sino cuatro viejos aguardando que todo terminara.

Qué tal le ves.

Bien, bien, dentro de lo que cabe. Ya sabes.

Eso era lo que ella quería, saber, e Hilario le dijo, le fue diciendo. Hasta que se despidieron y él regresó de la niebla, del silencio, con un nuevo encargo. Esta vez para Patricio. Algo había en Hilario que denunciaba a los ojos de sus convecinos, los pocos que ya eran, que se podían contar con los dedos de las manos, el trance por el que atravesaba. No, no, Herminia, no vi a Genaro. No, no, a Pascual tampoco. Y, esta vez, todos envidiaban a Patricio que no sabía qué podía decirle a Ángeles. Algo le tendrás que decir, Patricio, le empujaba Hilario, algo. Pero Pascual no encontraba las palabras necesarias para expresar tanto dolor, tanta ausencia y tendía que ser Hilario, caso de ser necesario, quien tradujese a palabras las penas de Patricio. Ángeles, en cualquier caso, tendría que entender.

Ya casi ni recordaba Hilario a Susito, el chico de Ruperta y Jonás, el que murió al caer del árbol de sopas sobre el atoque de la acequia ancha, donde las mujeres tomaban el agua en sus cántaros y el agua entonaba su canción efímera. 

Y a quién le digo, dudaba Hilario, ante el brillo acuoso de la mirada del chico. Porque Jonás también estaba en la niebla, desde hacía ya tiempo, y Ruperta decidió tomar el camino que lleva a otra vida, más allá de la aldea. Imposible hablar a quien se fue sin dejar rastro.

Y a quién le digo.

A Merceditas. Díle a Merceditas.

El amor adolescente no entiende que el tiempo pasa y que Merceditas tampoco está. No está Merceditas. Está Mercedes, claro, pero seguro que no es lo mismo. Te dobla la edad, ya ves, como poco te saca cuarenta años, más, muchos más. No entendería que un chico, ni siquiera Susito, le hablara de aquel modo sin sentir risa o lástima. Paco, su hijo, casi tiene tu edad, Susito. Claro que, a pesar de las advertencias de Hilario, el encargo de Susito era el que era y quién era él para cambiar un ápice de lo que se le confiaba. Está bien, le diré a Mercedes. Lo hizo, y notó que Mercedes sintió lástima por él, por Hilario. ¿Qué le digo? A quién. A quién va a ser, a Susito. ¿A Susito? Pues claro. ¿Le has de ver? Supongo, seguro no es, claro, a ver qué es seguro. Al final hallaba Mercedes algo que decir y él sabía encontrar un hueco en el que guardar las palabras, el tono con que fueron dichas.

Si no fuera por la niebla, por la niebla y el silencio, Hilario se volvería cuerdo. No sabe si es el silencio el que envuelve a la niebla o si es la niebla la que ampara tanto silencio. Qué más da. Lo que sabe Hilario es que antes no le pasaba esto. Ahora sí. Y que antes sus convecinos, los pocos que van siendo, no le miraban de este modo, con una condescendencia, con una indulgencia, con un cariño impensable hasta hacía poco. 

Un día de aquellos Hilario regresó de la niebla sin recado alguno. El silencio se le había pegado a la piel igual que la humedad de la niebla y se sintió enfermo. De una enfermedad distinta. Los demás también lo notaron. De nada sirvió que se avisara a don Jacinto Ureña, el médico que raramente llegaba a tiempo para nada que no fuera certificar el final de quien ya no era su paciente, no podía serlo ya. Cura tampoco había y era una suerte que su presencia no fuera tan urgente. Tiempo había para las cosas del alma. Las del cuerpo, para Hilario, como para tantos otros, dejó de tener importancia.

Cumplidos todos los trámites, Hilario Santyago se internó en la niebla sin necesidad de atravesar el puente de la noria. Allí los encontró a todos. A Susito, a Ángeles, a Pascual el de la Juana, a Gerardo Laborda con su soga al cuello… y a muchos otros que ni conocía ni recordaba. Le recibieron con una mezcla de alegría y pesadumbre que Hilario no entendió.

He venido para quedarme, dijo. Claro, fue Pascual el de la Juana quien les hizo caer en la cuenta, a ver ahora quién nos trae noticias, a ver quién nos va a decir. Y se dispusieron todos a esperar a este lado del puente de la noria, rebozados de bruma y de silencio. A esperar. A Hilario le preguntan. Pero no sabría él decir quién de entre los que quedan será capaz de atravesar la niebla y hallarles. A ver quién. A ver quién cae en el delirio de pensar que están ahí. Porque además (esto se lo calla Hilario) llegará un día en el que no quedará nadie por quién preguntar, nadie a quien dar noticias, nadie capaz de guardar palabras y transportarlas hasta sus oídos. Todos estarán ya allí, en mitad de la niebla y el silencio.


Cuento Ganador en la categoría provincial del 50 Concurso Internacional de Cuentos de Guardo

 A dos metros 

A ellas,  las silenciadas a las que otras debemos prestar voz

Autora: Natalia Calle Faulín


María. Tiene que llamarse María. Le pega. Lo cierto es que siempre me ha parecido que María es un nombre que a todas las mujeres, como que les “cae bien” que diría mi difunto padre. Pero a ella especialmente. Quizá sea porque me recuerda a aquella María Auxiliadora que había en la iglesia de los Salesianos y que, cuando era niño y la misa dominical formaba parte de mis tareas semanales de obligado cumplimiento, me atrapaba en hipnótico abrazo durante el sermón de Don Serapio. Me evoca aquella imagen inmaculada: por su tez, que a los dos metros de distancia que separan nuestros asientos y con la luz intensa de las poco más de las dos de la tarde, se me antoja tersa, suave, delicada; también por la dulzura que he atisbado en su mirada en las contadas ocasiones en las no lleva gafas de sol y me he atrevido a viajar hasta sus ojos durante los ocho exactos pasos que da hasta la cuarta butaca individual de la derecha, la de siempre desde hace ¿cuánto?, ¿uno, dos, tres años? No sé, no recuerdo haber reparado en su presencia sino hasta que logré superar aquel deambular ingrávido dentro de mi propio cuerpo que Carmen me dejó un frío marzo tras echarse a los brazos de un tísico compañero de trabajo. Sí, a priori, no era su tipo, pero…, es innegable, acabó siendo la persona con la que compartía la mitad de su día a día y, por lo visto, muchas más cosas que conmigo. Y de eso hace ya 27 meses. Pues al menos 23 son los que llevamos ella -María tiene que llamarse, seguro-, y yo coincidiendo en la Línea 7, a las 14 horas y 17 minutos de cada día, de lunes a viernes.

Cuando doy las buenas tardes al conductor y acerco mi bonobús al lector, él parece completamente abstraído en el tráfico que circula en uno y otro sentido al otro lado del cristal, pero de un tiempo a esta parte he notado que, tras el clic con el que el aparato da vía libre a mi viaje, gira levemente la cabeza y clava disimuladamente sus ojos en mí. Siento cada día que su mirada sigue mis pasos hasta que ocupo mi asiento. ¿Por qué? ¿Por qué hace eso? ¿Por qué me mira? Me pone muy nerviosa. Me agita por dentro para el resto de la jornada. Y seguro que Juan lo nota cuando llegue a casa (lo nota o se lo imagina, que lo mismo da). ¡Ay, Dios! Si se da cuenta… Para colmo de mi culpa, es que ¡será con razón!; porque no, antes no, pero de un tiempo a esta parte (no sabría decir desde cuándo, a lo mejor, precisamente, desde que sé que a Juan la enfermedad le come por dentro y que pronto, en sólo unos meses, quizá unas semanas, quedaré liberada de sus cadenas para siempre), siento la imperiosa necesidad de sus ojos. Y sí, no puedo negarlo, es verdad que en algunas ocasiones he sucumbido y nuestras pupilas han bailado por unos segundos en torno al mismo haz de luz. Porque eso se nota aquí dentro y yo lo he notado. ¿Qué me está pasando?, ¿qué estoy haciendo?... ¡Madre mía, qué vergüenza! No puede ser verdad que esté pensando en un perfecto desconocido del que ni siquiera sé su nombre. No me puedo creer que, cada día, de lunes a viernes, cuando el urbano de la Línea 7 se detiene en mi parada, ese inconfundible sonido, ese psssssccccchhhhh del autocar al parar que parece una rueda deshinchándose, se cuele en mi estómago para convertirlo en un globo a reventar, en una inmensa bolsa de aire que fluye hacia arriba para no dejarme respirar hasta que, nerviosa, atacada, consigo alcanzar el mismo duro asiento de plástico gris y me dejo caer sobre él. No puedo creer que los sábados y domingos, sienta un vacío inmenso al no hallarle ahí, a dos metros de mi asiento. (No debiera confesarlo, pero, varios días ya, me he visto empujada, que sé yo por qué extraña fuerza en mi interior, a ocupar su butaca y realizar mi trayecto apoyada sobre la misma ventana por la que él disimula abstraerse en el tráfico y los viandantes).

Calculo que ronde los 50, un puñado menos que yo, (aunque, ciertamente, y sin ánimo de resultar presuntuoso, me cuido y se nota, pues siempre me echan media docena de años por debajo de los que certifica mi DNI).  Paso los veinte minutos que compartimos a diario contemplando, con absoluto deleite y la complicidad que me otorgan los dos metros de distancia, su melena a media espalda de pelo castaño oscuro tirando a negro, en la que comienzan a asomar algunas canas que no parece querer molestarse en colorear; también, sus manos, armoniosamente cruzadas sobre el bolso colocado en el regazo después de acomodar entre las piernas la bolsa de rafia de Frutería Isabel que trae cada día, y, sobre todo, su sereno perfil, en el que atisbo una media sonrisa cuando el autobús reanuda la marcha hacia Francisco de Quevedo, 34. No deben gustarle los pintalabios, aunque sí creo que se pone una fina capa de maquillaje, apenas inapreciable. Se ve que le gusta la naturalidad y huye de artificios, también en el vestir, salvo por esas odiosas gafas de sol que luce demasiado a menudo -incluso cuando el gris envuelve el día-, y que se me hacen un muro infranqueable para llegar hasta sus ojos. Pasada la Plaza de la Constitución, comienza su ritual: repasa el correcto abroche de su abrigo, se estira bien las mangas, coloca su bolso bandolera sobre la cadera derecha, coge la bolsa de rafia de Frutería Isabel con la mano izquierda y espera apoyada la derecha en el respaldo del asiento de delante, en posición “listos”, hasta que Manolo detiene completamente el autobús en la marquesina de la Avenida Don Quijote de la Mancha, 58, exactamente a las 14 horas y 37 minutos.

Por un lado, sentir su mirada durante todo el trayecto clavada en mí hace crecer mis ganas de girar la cabeza, mirarle a los ojos, levantarme de mi asiento y acercarme al que, a su lado, siempre permanece vacío, como esperándome; quisiera que el viaje no terminara nunca, que Manolo siguiera dando vueltas y vueltas a la ciudad, la gente se subiera y bajara sin interrupción, el autobús recorriera las mismas calles durante día y noche, y él siguiera mirándome imperturbablemente, sin los dos metros de distancia. Por otro, ardo en deseos de bajarme del autobús, echar a correr, detenerme avanzados unos metros, coger una bocanada de aire que me permita sacar fuera ese globo hinchado que me ahoga y respirar, por fin, sabiéndome lejos de él. Supongo que la asfixia tiene más que ver con Juan que con su mirada. Bueno, más que suponer, estoy segura. ¿Quién, sino Juan, me ha enseñado esa sensación que hasta que cumplimos nuestro primer año de casados yo jamás había conocido? ¿Quién es, sino él, el que atenaza mi cuerpo con su solo aliento; el que hiere mi alma con sus agravios; el que amorata mis ojos con su rabia; el que anula mi vida con la suya…? Me rendí, me he arrodillado durante mucho tiempo, sí, pero ahora me voy a levantar. Sí, Juan Márquez Villalba, ahora sonrío cada día cuando el autobús comienza el viaje y no sólo porque me aleja de ti por unas preciosas horas, sino porque, a dos metros de distancia, hay otro aliento que me remueve.

Habitualmente somos los únicos pasajeros en apearnos en esta parada (será por la hora). Yo dejo que ella se coloque ante la puerta y me sitúo a solo un paso de su espalda dejándome seducir por su aroma -natural, nada de perfumes ni fragancias intensas-, durante el mágico instante que transcurre hasta que las puertas se abren. Entonces baja y gira a la izquierda para recorrer a pie los escasos 200 metros que la separan del Centro Niño Jesús (sé de su destino final porque no he podido resistirme a seguir sus pasos furtivamente agazapado tras la cabina de teléfonos que hay en la acera que toma). Debe de trabajar en el servicio de limpieza. Que no es que no desee yo que lo haga en uno de los despachos de la administración o dirección, pero como que la veo mujer sencilla, más de tareas hacendosas que de esas otras que no sé a qué iluminado le dio por llamar “de responsabilidad” (¿acaso no hay que imprimir responsabilidad en cada trabajo?). Con su andar en la retina, su presencia en algún lugar de mente o corazón -no sabría precisar aún-, me giro, misma dirección, sentido opuesto, para llegar al Ayuntamiento y tener unos minutos para el periódico antes de que arranque mi turno.

Él coge el camino contrario al mío. Supongo que trabaja en el Ayuntamiento, aunque no sé, este horario de tarde… Quizá sea de los de la oficina de la Policía Municipal. Puede que concejal. No sé, me desconciertan su aparente buena forma física y sus manos rudas. ¡Cómo me gustaría cogerme de esas manos y acompañarlo hasta donde quiera que vaya! O mejor aún, que él me esperara a la salida del Centro y me llevara de la mano, de paseo por la ribera, antes de volver a casa. ¡Qué locura, por Dios!... ¿Y Juan?, ¿y mi Santi, qué pensaría mi pobre niño si no acudiera puntualmente al despertar de su siesta, a darle la merienda, a prepararle en su silla para sacarle al jardín, a echar la partida de dominó de cada día, a leerle la novela de turno? ¡Déjate de sueños tontos, mujer! ¡Déjate, que ya no tienes edad para estas cosas!

Hoy estaba alegre, iba sin gafas, me ha regalado sus ojos y hasta me ha parecido que una sonrisa, me ha retenido la mirada y al bajar en nuestra parada me ha dirigido un “hasta mañana” antes de girarse. Totalmente inesperado, este maremágnum de concesiones me impide hoy sumergirme en el periódico y también apaciguar el ardor que tengo en el cuerpo mientras la familia Rosales González le llora a Manuel en su inesperada marcha a los 39 años. ¡Está bien! No más demora. No puedo dejar que pase un día más. Mañana voy a romper esos malditos dos metros de distancia, voy a sentarme en su asiento y, cuando dé los ocho exactos pasos de cada día, voy a levantarme y a tenderle la mano para invitarla a sentarse conmigo en mi habitual sitio de dos. Voy a preguntarle su nombre, voy a decirla el mío, voy a preguntarle por su trabajo y a contarla del mío (aunque no sé…, esto creo que voy a tener que consultarlo con la almohada porque…, en fin, ya sabemos que nos es precisamente apasionante ni agradable).

¡Me he atrevido a hablarle! Ha sido un impulso, sin duda. No me lo había ni planteado, pero al llegar a la parada me ha salido. Sin más. Y me ha sonreído, aunque ni siquiera le he oído contestar a mi “hasta mañana”. Creo que se ha quedado tan cortado como yo misma de mi propio atrevimiento. En fin, me siento bien. A esto se le llama romper el hielo, ¿no? Pero no, no voy a precipitarme. Voy a dejar que, a partir de mañana, la cosas fluyan poco a poco como deban. Además, aún está Juan...

Manolo ha hecho la parada de siempre, pero María no ha subido hoy al autobús. ¡Qué desilusión! ¡Precisamente hoy! No me lo puedo creer. Desde que compartimos viaje, no recuerdo haber dejado de verla ni un solo día subir puntual, de lunes a viernes, al autobús de la Línea 7 de las 14 horas y 17 minutos. Miro tras el cristal, pero no veo nada. Miro su asiento, pero no está, ni tampoco su pelo a media espalda marrón tirando a negro, ni su perfil delicado, ni sus manos apoyadas en el regazo, ni su bolsa de rafia de Frutería Isabel. Aunque intento echar mano de la alegría a la que me abracé tras sacar al espectro de mi cuerpo, llego al Ayuntamiento apesadumbrado, con un irremediable nudo en el estómago, dispuesto a volcar mi atención en el periódico por unos minutos, a acudir luego al vestuario para ponerme la ropa de trabajo y a desplazarme luego en el coche municipal al cementerio con mis útiles para lo que toque, arreglos o entierro, antes de llegar a casa pasadas las 9:30 y meterme en la cama sin siquiera picar algo. Y cuando mi vistazo rápido a titulares y fotos principales llega a la página 7, se me congela el corazón. Ahí está su precioso rostro, melena suelta, mirada tímida, sonrisa delicadamente perfecta, bajo un enorme titular bien tintado en negro: “Un hombre mata a su mujer con un cuchillo y se quita la vida después”.

Se llamaba María, María Garovilla González. Y mañana tengo que darle sepultura tras cavar un hoyo a dos metros…, de profundidad.