29 agosto 2026

19 junio 2026

02 febrero 2026

El Grupo Literario Guardense convoca la 55ª edición del Concurso Internacional de Cuentos de Guardo "Jaime G. Reyero"



LV CONCURSO INTERNACIONAL DE CUENTOS DE GUARDO 2026

“JAIME G. REYERO”


1ª. Se establecen los siguientes premios:

- Un primer premio de 1.500 euros, aportado por la Diputación de Palencia, y una reproducción de la escultura del Minero (emblemático monumento de Guardo) al mejor cuento presentado de tema libre.

- A criterio del jurado se podrá conceder un accésit de 500 euros, aportado por el Ayuntamiento de Guardo, al cuento clasificado en segundo lugar.


2ª. Los cuentos serán en español, originales, inéditos y no premiados en otros concursos, con extensión máxima de cuatro hojas, en formato A-4, escritos por una sola cara y con un tamaño de fuente no inferior a 11 e interlineado no inferior a 1,5.


3ª. Los cuentos se enviarán en un sobre por duplicado, grapados y sin firmar. Dentro del sobre se incluirá una plica con los siguientes datos: título del cuento, nombre y apellidos, dirección y teléfono.


4ª. No podrán presentarse los/las autores/as que hayan sido premiados/as en anteriores ediciones.


5ª. Los envíos se harán por correo ordinario a la siguiente dirección:

Ayuntamiento de Guardo

(A la atención del “Grupo Literario Guardense”)

34880 Guardo (Palencia)


6ª. El plazo de presentación de cuentos comienza el 2 de febrero y finaliza el 20 de marzo (ambos inclusive) de 2026.


7ª. El fallo del jurado se realizará previsiblemente el 18 de septiembre, tras lo cual se comunicará en la prensa, radio y el blog del concurso: https://concursocuentosguardo.blogspot.com/


8ª. La entrega de premios y lectura del cuento ganador se realizará en una gala cultural el día 10 de octubre en el Auditorio Municipal de Guardo. La hora y demás circunstancias del acto se comunicarán oportunamente a los/las premiados/as.


9ª. Es requisito imprescindible que el/la ganador/a del primer premio, si reside en la península, se presente en el citado acto cultural para leer su trabajo y recibir el galardón correspondiente.


10ª. El Grupo Literario Guardense se reserva el derecho de publicación (no en exclusiva) de los trabajos premiados mediante cualquier sistema o formato, mencionando la autoría de los mismos.


11ª. Los trabajos no premiados no serán devueltos y se destruirán después del fallo del jurado.


12ª. El Grupo Literario Guardense se reserva el derecho de modificar plazos, fallo del jurado, fecha de entrega de premios, así como cualquier otra cuestión relativa al concurso, circunstancias que podrán ser consultadas en el blog: https://concursocuentosguardo.blogspot.com/

21 junio 2025

18 junio 2025

Cuanto ganador del 54 Concurso Internacional de Cuentos de Guardo - "El silencio, o las canciones de amor", José Quesada Moreno

 

El silencio, o las canciones de amor

Autor: José Quesada Moreno


Son las cuatro de la tarde de un día de agosto del año ochenta y seis. En un pueblo, digamos que del sur. Aunque pudiera ser en otro lugar con mediodías tórridos y silenciosos. La chicharra impone su terca sinfonía en el sigilo de la siesta. Los niños chapotean en la alberca, en silencio, aunque a veces ahogan un grito de júbilo y sus risas se confunden con el cascabeleo del agua que el surtidor vierte en la pila. Álvaro es el pequeño, ocho años. Es el que más se parece a su padre. Su pelo ensortijado y esa mirada… Su misma mirada. La niña se llama Ana, once años. Se parece a su madre. Es muy reservada y a todos les cuesta saber qué está pensando cuando abisma la mirada en un punto fijo. Es capaz de pasar horas sin decir palabra, aunque ahora ríe mientras su hermano le salpica la cara. Una risa breve, discreta, que podría pasar por un gemido de dolor si no fuera porque dentro de la alberca Ana se siente como una sirena al resguardo de las perversidades del mundo. Es fantasiosa, como su madre, y su felicidad, como la de su madre, no es expansiva, sino que nace y muere con ella. Gabriel, el hijo que falta, hubiera cumplido catorce este verano. A Aurora, su hijo Gabriel le recuerda a su propio padre, porque reía sin motivo y, a diferencia de Ana, su alegría era efusiva, ancha y contagiosa.

Juegan en silencio para que su algarabía de críos no atraviese la penumbra de la casa y se cuele en la habitación conyugal, donde Amador echa su siesta. Todos saben que a esa hora no se debe perturbar el sueño del padre de familia, que no hay que invocar al mal humor y a su voz de trueno.

Aurora, que acaba de poner los platos a escurrir, se acerca hasta el armario del comedor y saca el libro que oculta bajo los manteles plegados de su ajuar de novia. Arrastra el mecedor hasta la lámpara de pie y enciende la bombilla. Un haz de luz se derrama sobre el cojín de flores y espigas que acolcha el tapizado de mimbre del asiento, un breve torrente que atenúa la penumbra del comedor. Se acerca a la pared, toma del suelo el enchufe del ventilador y antes de conectarlo se detiene a oír el silencio de la casa. Atenuados, suenan la chicharra, el leve chapoteo de los niños y el resuello de una respiración profunda que viene por el pasillo, tras la puerta del dormitorio principal.

Aurora diría, por el ritmo de su respiración, que Amador duerme profundamente. Enciende el ventilador. Giran sus aspas descascarilladas, cortan el aire y un zumbido minúsculo y regular se funde con el silencio. Se hacen uno. Unívoco. Y Aurora se sienta, y abre el libro por la página que, a modo de separador, señala la foto de comunión de su primogénito. Su Gabriel, serio y marcial, con su traje de almirante niño mirándola desde ese lugar sombrío de las almas en pena. Se besa dos dedos y los pone sobre la estampa. Es lo que hace siempre antes de comenzar la lectura: besar con los dedos el rostro lejano y sonriente de su Gabriel. Luego se mira las manos. Otra liturgia más antes de sumergirse en la lectura, en otros mundos y en la piel de otras personas. Se las mira con detenimiento. Se las huele. Nunca se desprende de ellas el tufo de la cebolla y el tizne anaranjado del azafrán. Huelen a cocina y a colada, a sábana limpia, a lejía y al alcohol con el que trata las heridas de los niños. A veces Aurora huele a clínica y otras a refrito. A aceite de oliva. A huerto.

Hace mucho que Aurora comprobó que en las manos está la huella del tiempo. Las suyas son unas manos cuarteadas por el ácido del jabón Lagarto con el que ha frotado los cuellos de las camisas de Amador, sus calcetines y su ropa interior, esa que huele a perfume de burdel y a orín de borracho. Dicen mucho las manos de Aurora, y otras cosas que calla porque sus manos son la enmudecida historia de una renuncia. Alguna vez recuerda Aurora ese tiempo vencido en que ambicionaba ser maestra. Antes de Amador. Sus inquietudes culturales, sus poemas de Bécquer en su carpeta azul de estudiante, camuflados entre patrones de costura y manuales de urbanidad donde le enseñaban a ser una mujer de su casa, con sus obligaciones conyugales y sus resignaciones. Durante un tiempo siguió escribiendo versos. A escondidas de Amador, que se reía de ella por sus ínfulas de poeta. Luego, Aurora, sujeta a la trabazón de la vida, fue criando hijos, esquelas mortuorias, letras al portador y un dolor que le dobló el alma. Y ya sólo lee novelas de amor.

Desde la cocina, muy cerca del lugar del comedor donde Aurora lee, suena muy bajito la radio. A media voz canta un bolero que habla de turbias lejanías, de amores olvidados o imposibles, del tiempo que lentamente se suicida en la esfera radial de los relojes. Para Aurora, que le gusta soñar que vive la vida de otros, la melancolía es un alivio, es un dulce dolor, por eso prende la radio y oye esa emisora que transmite canciones melancólicas y trágicas.

El viejo carillón que heredaron de los abuelos marca a cada hora el denso discurrir de un mes de agosto lento y pesado. Y lo hace sin hacer ruido. Amador ha manipulado el mecanismo para que no suenen las campanadas, de modo que las horas se anuncian con un chasquido breve y un silencio que le recuerda a Aurora que podría vivir en ese paréntesis sigiloso durante buena parte de su vida. Durante toda su vida, quizás, mientras Amador duerme una siesta infinita al final del pasillo.

La novela que tiene entre manos le habla de cierto amor prohibido y trasatlántico. De una pasión remota en los tiempos del cólera. Qué poderoso el amor que a contracorriente se abre paso, a pesar de convencionalismos sociales, ese amor atemporal que se descubre puro, desvestido de falsedades, con la pasión intacta a pesar de que las manos de los amantes son un mapa de tiempo, una senda de callos, y pliegues, y turbulencias. Y poco a poco, mientras Florentino Ariza y Fermina Daza van cimentando su amor crepuscular, amodorrada por el zumbido del ventilador, Aurora se va hundiendo lentamente en las neblinas del sueño. Hasta que cae el libro abierto en su regazo y su cuello se vence contra el hombro. Y duerme.

Si la miras dormir en su mecedor de mimbre, bajo la luz cenital de la lámpara de pie, te parecerá feliz mientras las frágiles telarañas del sueño traman, quizás, una vida inspirada en esa novela que abierta sigue narrando en silencio el triunfo del amor contra el tiempo. Se diría, mirándola dormir plácidamente, que Aurora tiene la fantasía de ser Fermina Daza por un rato, que disfruta de un amor crepuscular y trasatlántico, de un amor noble, y triste, y heroico. De un amor tórrido, con deseos que se propagan como la luz y el fuego.

El carillón de los abuelos emite un chasquido. Silenciosamente grita las seis de la tarde en su esfera sucia de tiempo y de derrotas. Amador se remueve en la cama. Cruje el somier bajo sus cien quilos, emite un resuello, un suspiro largo y sostenido que anuncia que regresa del sueño. Aún dará un par de vueltas en la cama antes de levantarse o llamar a Aurora para sacarla de sus rutinas. O de su propio sueño.

Suena un bolero en la cocina, a media voz, un dulce bolero que habla de lejanías, de barcos imposibles embarrancados en la niebla del olvido. Los niños se secan, cobijados del sol bajo la parra, por cuyas hojas se filtra la luz vencida de la tarde. Una abeja viene a beber del agua salpicada en el pretil. La chicharra espacia su canto repetido y el hombre grita. Amador pronuncia el nombre de Aurora como pronuncia el trueno la voz de la tormenta. Y Aurora despierta y se incorpora al mundo con asombro.

Qué habrá soñado, de qué luminosos paisajes vuelve. Cierra un momento los ojos para tomar conciencia de este lado del aire y a mí me parece un pájaro lastimado en las manos de un niño, una mariposa de otoño mojada por la niebla. Un gamo herido.

Y cierra el libro que en su regazo duerme. Y arrastra los pies hasta el dormitorio conyugal.

Y cierra el sueño.

30 mayo 2025

Acta del 54 Concurso Internacional de Cuentos de Guardo

 José Quesada Moreno, Sevilla, gana el Concurso Internacional de Cuentos de Guardo 2025, el premio provincial queda desierto.

En esta edición se han recibido 277 cuentos: 263 optaban al Primer Premio, de los que 6 procedían del extranjero (2 de USA, 2 de Alemania, Portugal y Uruguay) y 14 se presentaban al Premio Provincial.





20 enero 2025

El Grupo Literario Guardense Convoca la 54 edición del Concurso Internacional de Cuentos de Guardo

 



LIV CONCURSO INTERNACIONAL DE CUENTOS DE GUARDO – 2025

BASES

1ª – Se establecen los siguientes premios:

Un primer premio de 1.500 euros, aportado por la Diputación de Palencia y reproducción de la escultura al minero, al mejor cuento presentado de tema libre.

Un segundo premio (Premio Provincial) de 500 euros, aportado por el Ayuntamiento de Guardo y reproducción de la escultura al minero, al mejor cuento presentado de tema libre por autor palentino, nacido o residente en la provincia de Palencia.

2ª – Los cuentos serán en español, originales, inéditos y no premiados en otros concursos, con extensión máxima de cuatro hojas, en formato A-4, escritos por una sola cara y con un tamaño de fuente no inferior a 11 e interlineado no inferior a 1,5.

3ª – Los cuentos se enviarán en un sobre por triplicado, grapados y sin firmar. Dentro del sobre se acompañará una plica, en la que se incluirá título del cuento, nombre, apellidos, dirección y teléfono.

4ª – No podrán presentarse los autores que hayan sido premiados en anteriores ediciones, pero sí optar a la categoría en la que no hayan sido galardonados.

5ª – Los envíos se harán por correo ordinario a la siguiente dirección:

Ayuntamiento de Guardo

(A la atención del “Grupo Literario Guardense”)

34880 Guardo (Palencia)

6ª – Los autores palentinos que quieran optar al Premio Provincial, deberán hacerlo constar expresamente en la cabecera del cuento, indicando: “Opta al Premio Provincial”. Igualmente, si desean presentar el mismo cuento al Premio Internacional, enviarán tres copias, indicando en la cabecera: “Opta al Primer Premio”.

7ª – El plazo de presentación de cuentos comienza el 3 de febrero y finaliza el 14 de marzo (ambos inclusive) de 2025.

8ª – El fallo del jurado se realizará, previsiblemente, el 30 de mayo, tras lo cual se comunicará en la prensa, radio y el blog del concurso: https://concursocuentosguardo.blogspot.com/

9ª – La entrega de premios y lectura de cuentos tendrá lugar en un acto cultural, el 21 de junio. El lugar, hora y demás cuestiones relacionadas con la gala de premios se comunicará, oportunamente, a los premiados.

10ª – Es requisito imprescindible que los autores galardonados, si estos residen en la península, se presenten en el citado acto cultural para leer su trabajo y recibir el premio correspondiente.

11ª – El Grupo Literario Guardense se reserva el derecho de publicación (no en exclusiva) de los trabajos premiados mediante cualquier sistema o formato, mencionando la autoría de los mismos.

12ª – Los trabajos no premiados no serán devueltos y se destruirán después del fallo del jurado.

13ª – El Grupo Literario Guardense se reserva el derecho de modificar plazos, fallo del jurado, fecha de entrega de premios, así como cualquier otra cuestión relativa al concurso, circunstancias que podrán ser consultadas en el blog: https://concursocuentosguardo.blogspot.com/





05 septiembre 2024

Cuento ganador autores palentino LIII, “Mercería Luna”, Mª Ángeles Ruiz Ortega

 

PREMIO AUTORES PALENTINOS


TÍTULO: “Mercería Luna”

AUTORA: Mª Ángeles Ruiz Ortega

Hace varios años que Bruna regenta una pequeña mercería en la calle Estrella. Sus padres adquirieron el establecimiento un año antes de que ella naciera. Es un pequeño local en medio de otros pequeños y medianos locales destinados a frutería, farmacia, cose todo y negocios que van y vienen. Pero la mercería es la tienda más longeva y el alma mater del barrio.

Bruna tejió allí sus primeros sueños y casi seguro que fue la primera niña en probarse unas medias de cristal y un sujetador antes de que sus pechos lo reclamaran.

Desde que se ha mudado a su nueva casa, la tienda le queda más lejos. No obstante, la muchacha recorre el camino cuatro veces todos los días. Esas caminatas y el Daflón le ayudan con el colesterol y las varices, a la vez que mantienen su peso, tendente al alza, en parámetros saludables.

Ya no es joven, tampoco mayor, rondará los cuarenta y seis. Desde hace unos meses sus ciclos menstruales se han vuelto irregulares y su peso se ha visto afectado. Pero ayer el médico le ha dicho que todo está bien y que el sentirse más cansada que de costumbre entra dentro de lo normal.

Aunque dejan todo limpio y ordenado la noche anterior, la muchacha siempre llega veinte minutos antes. Levanta la persiana metálica, acondiciona la cortina del escaparate, y da la vuelta al cartel que anuncia la apertura del establecimiento. Después, se dirige al probador, saca del bolso el paquete de toallitas perfumadas, y delante del espejo se limpia el cuello, el canalillo y las axilas, para quitarse el sudor del trayecto. Luego se da un toque de carmín, rectifica el maquillaje desleído y se pone esa batita de rayas que le sienta como un guante y realza lo que le queda de cintura.

Seguidamente realiza una rápida inspección ocular, asegurándose de que todo está en su sitio, porque siempre hay algún camisón o pijama que se ha saltado el orden del tallaje o ha caído al suelo como si por la noche alguien hubiera estado jugando al escondite entre ellos.

A eso de las once, sus padres hacen acto de presencia. Vienen a echar una mano. Las dos, si es necesario, lo que haga falta. Bruna y la mercería son sus grandes amores. En cuanto llegan la saludan con un abrazo, ¿qué tal hija?, ¿has pasado bien la noche? Bien, es siempre la respuesta escueta a la consabida pregunta.

Viven ahí mismo, enfrente. Llegan con sus respectivos bastones y siempre con una sonrisa, porque no cuesta nada, le dicen a las parroquianas cuando estas les reconocen el gesto. Hay que sonreír a la clientela. Bruna ha aprendido esto muy bien. Pero a ella le cuesta un poco esto de la sonrisa y además con esa voz tan fuerte que tiene, le parece que la desvirtúa. No le gusta nada su voz. Es consciente de que cuando suena, crea una distancia que ni de lejos pretende. Así que cuando aparece la progenitora, delega los preliminares con las clientas, y mientras su madre les da coba y se prodiga ofreciéndoles lo que van buscando y lo que no van buscando, ella se dedica a lo que mejor sabe hacer, revisar los albaranes, anotar las necesidades, abrir la caja registradora, contactar con algún proveedor, cobrar el género si la venta ha llegado a buen fin, y poner cara complaciente cuando después de todo un despliegue de braguitas y pantys por el mostrador, la clienta se va sin nada. Pero sonreír, lo que se dice sonreír, así, abiertamente, gratis, no le sale.

Jacinto, el padre, en cuanto llega, saca su silla plegable y se posiciona en una esquina del local. Abre el periódico que trae bajo el brazo y comenta las letras grandes, como él dice, en voz alta, hasta que Rebeca, su señora, le pide que le alcance esas madejas violetas de la estantería de arriba, porque Jacinto, a pesar de que ya tiene una edad, sigue siendo un buen mozo.

En los ratos muertos, Rebeca saca la costura y se afana con el punto o con el ganchillo. Ahora anda liada con unos patucos para el nieto de Luisa.

—Madre, ¿dónde has puesto las bragas de EVEN que recibimos ayer?

Bruna es ahora la cara oficial de la mercería, pero detrás de ella está la artillería pesada. Alrededor del mediodía, la mercería Luna pasa a ser un lugar de encuentro. La mayoría de las clientas son conocidas, vecinas del barrio de toda la vida. Compran o no compran, pero el rato de charla está asegurado. Intercambian sabiduría sobre la conveniencia o no de menguar cuatro puntos en la sisa del chaleco o cómo coser ese remate de puntilla en la sábana sin que se noten las puntadas por el lado derecho. Alguna comenta que qué sexy es el sostén que se llevó la semana pasada o que los calcetines aquellos que cogió para su marido parece que le aprietan un poco. Después la conversación toma cualquier derrotero; se habla del tiempo, de lo poco prácticos que son esos contenedores grises que acaban de instalar, del escaso acierto del alcalde…, y sin otro particular se despiden, convencidas de haber arreglado el mundo.

—Cuidaros —se dicen unas a otras.

—Si mañana puedo me paso un rato. Hasta mañana.

—Yo vuelvo a la tarde a ver si ya os ha llegado esa combinación para mi madre.

—Ayer cerrasteis tarde —comenta una de ellas desde el umbral de la puerta—. Se habrán entretenido limpiando, le dije a mi hija. Serían las diez más o menos.

—No sé —dice Rebeca mirando a su marido.

Este se encoge de hombros.

—No sé —repite.

Cuando termina la jornada de la tarde donde el alargue se ha convertido en costumbre, Bruna se pone a barrer. No sabe qué pasa pero siempre hay algún alfiler por el suelo. Le irritan los alfileres y las agujas campando a su aire. Entretanto, su madre dobla las piezas desperdigadas por el expositor y va colocándolas cuidadosamente en las cajas correspondientes. Jacinto abre la escalera y se alza hasta el segundo peldaño para ajustar bien las cajas que sobresalen.

—Padre, no olvide apagar la luz de la trastienda. A lo mejor ayer se nos quedó encendida.

—Seguramente —asiente el hombre—. ¡Vaya! alguien se ha dejado el paraguas dentro.

—Pues llueve un poco —dice Rebeca—. Quédate hoy en casa, hija. Si has dicho que Juan trabaja toda la semana de noche.

—No, mejor me voy. Cogeré el autobús.

—Como quieras, pero para estar sola, mejor te quedabas con nosotros.

—Que no mamá, no insistas. Id marchando. Yo voy a terminar de hacer la caja y de archivar unos recibos.

—Pero no te retrases, hija. Mira que podías…

—Mamá, por favor, no insistas.

A Rebeca y a Jacinto no les gusta su yerno.

—Te deja demasiado tiempo sola. Con ese trabajo suyo, que no se sabe muy bien en qué consiste - comenta con disgusto la mujer.

Bruna siempre desvía la conversación cuando se encamina por estos derroteros. Argumenta que necesitan el dinero para pagar la hipoteca y que los turnos de noche están mejor remunerados.

—Una retahíla de historias, que parecen los cuentos de Calleja, que no se los cree ni ella —le dice Rebeca a su marido cuando llegan a casa—. Y por no darle, no le ha dado ni descendencia. Y no lo han mirado. No lo han mirado porque a él le ha dado igual o porque algo tiene que esconder. Porque nuestra niña está sana como una manzana reineta. Y los años van pasando. Bruna ya no es una jovenzuela. Trabajando toda la vida y a saber quién se quedará con la mercería.

—Pues quien menos lo merezca —apoya Jacinto.

—A lo mejor todavía está a tiempo —dice la mujer—. Como Sara.

—¿Sara?, ¿qué Sara?

—Ay hijo, cómo se nota que vas poco a misa. La mujer de Abraham, que concibió siendo muy mayor. Está en la biblia.

Jacinto asiente sin convicción.

Cuando se queda sola, la muchacha se asoma a la noche y ambas se recorren con la mirada. La calle, silenciosa y vacía, se torna sugerente.

Siente el aire húmedo en la cara. El relente la hace estremecer.

Vuelve dentro, apaga las luces del interior y deja únicamente una luz testigo situada bajo la vitrina. Se dirige a la trastienda y repite el protocolo de la mañana pero ahora sin prisa, recreándose en los detalles. Un toque de carmín en los labios, pero algo más fuerte. Unas gotas de perfume en el escote, en las muñecas, en los lóbulos de las orejas. Y un poco de colorete. La jornada ha hecho mella y se ve un poco descolorida.

Se desprende de la bata como de una segunda piel y la cuelga en el perchero.

Ahueca con los dedos su media melena rizada y se contonea ante el espejo. Habría que cambiarlo, es un poco pequeño y regala una imagen poco favorecedora. Alguna clienta ya lo ha dejado caer. Pero hoy el vidrio está generoso y le devuelve unos pechos firmes y unas caderas desafiantes.

Ha conseguido durante toda la tarde, camuflar bajo la bata un arriesgado vestido. La ocasión lo merece. Abre unos cajones y revuelve entre las carpetas de la contabilidad hasta encontrar unas cajas de lencería fina cuya existencia solo ella conoce. Negro, el poder, la seguridad; blanco, la inocencia; rojo, el fuego, la sangre, la pasión. Las esparce por el mostrador y se recrea en las emociones que le produce el contacto. Bruna sabe mucho del poder de los colores y las texturas, pero se cuida de evidenciar estos conocimientos ante la clientela del barrio.

¿ Le gustará a Róber? ¡Qué pregunta más tonta! —se dice—. A Róber le gusta todo de ella. Apenas entra por la puerta se la come entera. La mujer repasa sus curvas, recompone el vestido que, rebelde, insiste en elevarse un poco en la parte delantera. La vida rompiendo moldes. Se mira y se disfruta. ¿Cómo le dirá…? ¿En qué momento? Hoy no ha traído champagne, ni copas. Hoy un par de vasos y dos botellines de zumo. El zumo le ha parecido apropiado. Róber la tiene muy aprendida. Se la sabe de memoria. No tendrá que contarle, ni explicarle. Róber la abrazará y ni siquiera tendrá que hablar. Mejor. Porque cómo decirle algo tan dulce con esa voz suya capaz de llenar de gravedad una melodía tan entrañable.

Le llega el rugido acelerado del motor al fondo de la calle. El aliento de la Yamaha se cuela por debajo de la puerta. La luz azul reflectante del cabezal telescópico relumbra entre las cortinas traslúcidas del escaparate y penetra iridiscente entre las lamas de la persiana.

Bruna se acerca cautelosamente, pega la nariz al cristal y el frío se cobija inmediatamente en el calor del cuerpo en ebullición. La noche, la clandestinidad, el amor embozado.

Las moléculas de la felicidad se activan. Los niveles de dopamina y serotonina se disparan.

Cuando la luz trasera deja de girar y el ruido del motor se convierte en ronroneo, abre

con cuidado la puerta. Aún, así, el clic provoca un respingo en la noche. Escucha el sonido pegajoso de las botas sobre el suelo mojado. Los pasos acelerados, ligeros. El plas plas, rítmico, se confunde con los latidos del corazón que galopa con brío.

Una silueta fornida aparece en el umbral. No puede identificar sus rasgos, pero en cuanto la abraza, reconoce de inmediato el calor de su cuerpo, el olor inconfundible. El hombre descarga sobre ella una ráfaga de besos. La empuja hacia el interior. Sin apartarla del todo, deja el casco sobre la lencería. Y la pipa. Abraza de nuevo a la mujer y la trae hacia sí con firmeza, con todo el empuje de los cuerpos y fuerzas de seguridad del estado. Bruna se siente a punto de delinquir. Culpable, presa, absuelta, rescatada. Liberada en brazos de la benemérita.

Del otro lado de la calle, en la ventana más grande del cuarto piso, dos figuras se cuelan en la escena.

—Parece que ha llegado Abraham.

—Dios le bendiga.

—Eso.



Cuento ganador Concurso Internacional edición LIII "Nómadas", Francisco de Paz Tante

 

PRIMER PREMIO

TÍTULO: “Nómadas”

AUTOR: Francisco de Paz Tante

He vuelto a Olán para hacer una película con las historias, las luces y los sonidos que he mantenido, indelebles, en la memoria de mi infancia. Para hacer cine con las vidas de Edelina Adánez y de Ovidio Aldama. Y con la mía también, con mi vida, en aquel mundo rural donde escuchaba las voces y los silbos de los nómadas que ofrecían por las calles sus mercancías y servicios.

Antes de empezar a rodar, repaso las localizaciones, los paisajes, las escenas que he visto en mi imaginación y en mi memoria mientras releía el cuaderno que me dejó Edelina Adánez y el guion de la película, escrito con vestigios de emociones tan viejas como mi vida misma, de recuerdos, de sueños tan reiterados que ya no sé dónde ubicarlos, si en el mundo de la realidad o en el onírico de las fantasías:



Edelina Adánez corre el visillo de la ventana para asomarse a la calle, y lo primero que percibe es el brillo que impregna las hojas muertas después de la lluvia. Es un reverbero de oro viejo y de tristeza. Luego ve a Ovidio Aldama, con su bicicleta, en la que lleva la rueda de afilar y una bolsa negra con las herramientas para los trabajos que pregona con énfasis y voz brumosa: ¡afilador, lañador, paragüero!

Cuando Ovidio Aldama pasa junto a la ventana desde la que Edelina Adánez lo mira, ella se estremece ante aquellos ojos que se clavan en los suyos durante unos instantes. Es una mirada azul, de cielo profundo, o de océano, escribe después Edelina en su cuaderno, donde narra las vidas de la gente nómada. Allí tiene anotados todos los nombres y procedencias de los vendedores y artesanos ambulantes que pasan por Olán durante aquel tiempo ya crepuscular del mundo rural. Es ella la que ha ido preguntando. Sabe que algunos le han dicho la verdad; y otros han mentido, temerosos de mostrar su verdadera identidad, de acabar en registros oficiales donde podrían comprobar los azarosos avatares de sus vidas, que algunos prefieren ocultar, borrar en el polvo de los caminos andados. Pero a Edelina eso le da igual; ella sólo quiere un nombre y un lugar de procedencia, aunque sean imaginados, para contar su historia en el cuaderno de rayas.

La tarde en que siente la mirada penetrante de Ovidio Aldama, Edelina Adánez escribe que, cuando corre el visillo y deja de ver la calle, persiste la turbación que le han provocado aquellos ojos impregnados con una luz de mar.

Luego escucha, de nuevo, el rumor de la lluvia, y piensa en Ovidio, mojado, a la intemperie de la calle, mientras pisa las hojas muertas, que, al escampar, con la luz ya declinada del atardecer recobran los reverberos de oro viejo y de tristeza.

Al día siguiente, cuando escucha el chiflo y la voz de Ovidio anunciando sus trabajos de artesano nómada, Edelina siente otra vez una turbación, una emoción oscura entreverada de miedo y deseo, que le brota desde los hondones del pecho. Al asomarse a la ventana, antes que la luz atardecida, Edelina Adánez ve la mirada de Ovidio Aldama, ya arrimada al cristal, clavada en la suya, en el temblor de sus labios, en su rubor.



Mientras paseo por las calles de Olán, revisando los paisajes, las localizaciones en las que vamos a rodar, doy saltos en el tiempo, como las elipsis en el guion de la película, cuyo título, al final, después de cambios, dudas, será el de los personajes, reales e imaginados, que rescato de las nieblas del tiempo y del olvido: Nómadas.



Amalio se asoma a la puerta de su casa, blanca, enjalbegada. Luego el niño camina hasta el campo de cebada que crece al otro lado de la calle. Arranca un tallo, con el que traza en la frente la señal de la cruz y hace un silbato, que suena como el canto del tordo. Al oír el silbo, Edelina Adánez, su madre, sale a la puerta, y en sus ojos relucen destellos de humedad y nostalgia. Después se suceden las imágenes que le ha reavivado en su memoria el silbato de Amalio. Y Edelina ve a Ovidio Aldama, con su instrumento sonoro y su voz brumosa, que anuncian afilados y arreglos de vasijas y paraguas. También Edelina recobra las imágenes de Aurelio, capador de cerdos con su flauta de cañas que emite sonidos agudos, cortantes, como de cuchilla; del colchonero Eduviges, que varea la lana para dejarla mullida; de Orencio, vendedor de garbanzos torrados a los que llama tostones; de Custodio, con un blusón negro, su mula y sus sacos de quesos manchegos muy blancos; la imagen, ya amarilla, de Práxedes en el tiempo de las matanzas, anunciando el pimentón de La Vera; de Mauricio y su mujer Micaela, gitanos nómadas que cantan flamenco y pregonan sus arreglos de sillas con espadaña y esparto.

Y Edelina Adánez, desde la puerta de su casa, con las imágenes que le ha encendido en su memoria el silbato de Amalio, también evoca a los artistas callejeros con trompetas y cabras equilibristas; el circo que se instala durante los veranos junto al arroyo con jaulas en las que unos leones viejos, esqueléticos, emiten unos rugidos tristes, más de hambre que de ferocidad. Y en la pared blanca de la plaza, Plácido Gualda y Grisela Doncel, que llegan cada verano a Olán con su cine ambulante, proyectan la película titulada ¡Qué verde era mi valle!, de John Ford, mientras a Amalio, con los ojos encendidos de asombro, se le queda inoculada en la memoria, aún tierna, una incipiente admiración por el cine, que luego será su pasión y su profesión.

En las imágenes siguientes Amalio Adánez camina hacia el arroyo. Allí hace un barco de juncos que él imagina navegando hasta el río, e incluso al océano.

Desde la orilla del cauce crecido, donde flotan las hojas muertas del otoño, Amalio observa a los gitanos nómadas Mauricio y Micaela. Tienen una niña mayor y otro recién nacido, a quien Micaela amamanta. Micaela clava a Amalio una mirada intensa, por la que asoma su alma de madre triste, su frío de la vida, su fiera ternura con el niño que tiene en brazos. Y Amalio ya siempre recordará aquellos ojos, y aquel pecho tan blanco, atravesado de líneas azules, encendido por la melaza de un hermoso atardecer.



Regreso en el tiempo, a las imágenes que Edelina Adánez describe en su cuaderno sobre las geografías humanas de aquellos años, tantas veces releídas para escribir el guion de Nómadas.



Edelina Adánez busca en un trastero un paraguas viejo de su abuela. Es grande, negro, con una punta metálica fina y acerada. Está bien conservado, sólo tiene una varilla rota.

Cuando escucha la voz de Ovidio Aldama, que la estremece y la atrae, sale a la calle, antes de que él se arrime a la ventana para mostrarle, otra vez, sus ojos azules con brillos de océano. Él la mira, sorprendido. Y ella siente, de nuevo, ese rebrinco de emoción y turbación en el que palpitan el miedo y el deseo.

─¿Tiene arreglo? ─le pregunta Edelina a Ovidio, mientras abre el paraguas, bajo el que se arriman los dos para observar el entramado que sustenta y estira la tela negra. Durante unos segundos, bajo el paraguas se oscurece la luz atardecida.

─Sólo tardo unos minutos en echar una laña de estaño a la varilla rota ─dice Ovidio, que empieza a trabajar; primero en silencio; luego emitiendo unos susurros que Edelina escucha como un rumor más de la brisa otoñal─: Llevo cinco días viéndote a través de la ventana, clavando mis ojos en los tuyos; y quiero seguir mirándote sin cristal por medio, y sentirte más arrimada, y respirarte. Es mi último día, y será mi última noche en Olán. Estoy acampado junto al puente del arroyo.

Y Edelina Adánez se queda callada, estremecida, penetrada por la intensidad del azul que emiten los ojos de Ovidio Aldama.



Camino por Olán, observando las localizaciones, el campo de cebada donde Amalio arranca un tallo para hacer un silbato, el arroyo en que se va a rodar la escena de Micaela amamantando a su hijo con su pecho tan blanco impregnado con la luz atardecida, la ventana a la que se asoma Edelina Adánez para sentir la mirada de Ovidio Aldama.

Y evoco la vida de Edelina, siempre sola desde que murieron sus padres. Introvertida y tímida, no pudo o no supo encontrar pareja en su juventud. Y desde que nació Amalio, ya madre soltera, se aisló en su casa y en su mundo; en su cuaderno de rayas, donde siguió escribiendo una geografía emocional de la gente nómada. Siempre que llegaba algún arriero o vendedor ambulante a Olán, si era ya conocido, lo saludaba; y, si no, se interesaba por su nombre y lugar de procedencia. Y a todos les preguntaba si habían visto por los caminos y los pueblos que recorrían a Ovidio Aldama. Pero las respuestas siempre eran las mismas: algunos no lo conocían, y otros decían que llevaban mucho tiempo sin verlo por las geografías del nomadismo.

Con mis recuerdos, y con el cuaderno de Edelina, he escrito el guion de la película. También rodaré imágenes en las que sólo está mi imaginación, mi intuición, las fantasías que me han ido brotando al evocar la vida de Edelina Adánez, mi madre.



Edelina camina bajo la noche crecida por la calle que acaba en el arroyo. No hay estrellas en un cielo que presagia lluvia. Ovidio Aldama parece esperarla, y la abraza cuando se arrima a él, y entonces Edelina siente que ese abrazo le disipa el frío de la vida que ella ha ido acumulando durante sus soledades y tristezas. Luego percibe la dulzura húmeda de un beso, profundo, adentrado en su boca, su saliva, su aliento excitado. Cuando empieza a llover, se apagan las brasas del carbón que Ovidio mantiene encendidas en su lata de lañador. Luego un primer plano muestra la imagen íntima de Edelina y Ovidio abrazados, desnudos, mojados de lluvia y deseo.



Mañana saldré en las noticias. Dirán que el director Amalio Adánez empieza a rodar su nueva película. Y hablarán de mis éxitos anteriores, y algún periódico o revista contará mi vida, y escribirán sobre mi origen humilde, hijo de una madre soltera, escritora frustrada, empeñada en que yo estudiara cinematografía, porque era lo que me gustaba, mi pasión desde que vi las primeras películas proyectadas en una pared blanca de la plaza de Olán por unos nómadas que recorrían los pueblos con su cine ambulante.

Dirán también que es mi primera película rodada en Olán, el pueblo donde nací y viví hasta los albores de mi juventud. Y anunciarán su título: Nómadas.

Son diez semanas de rodaje. Y cuando termine la película, tal vez reciba una llamada de alguien que conoce, ya viejo, al nómada que iba a Olán a arreglar paraguas. A lo mejor él mismo ve la película en alguna aldea junto al mar y me llama. Esa es mi ilusión. Y mi esperanza. Quizás el motivo por el que voy a llevar al cine las vidas de Edelina Adánez y Ovidio Aldama, mis padres.



22 junio 2024

01 junio 2024

29 enero 2024

EL GRUPO LITERARIO GUARDENSE CONVOCA LA 53 EDICIÓN DEL CONCURSO INTERNACIONAL DE CUENTOS DE GUARDO

 



LIII CONCURSO INTERNACIONAL DE CUENTOS DE GUARDO – 2024

BASES

1 – Se establecen los siguientes premios:

  • Un primer premio de 1.500 euros, aportado por la Diputación de Palencia y reproducción de la escultura al minero, al mejor cuento presentado de tema libre.

  • Un segundo premio (Premio Provincial) de 500 euros, donado por el Ayuntamiento de Guardo y reproducción de la escultura al minero, al mejor cuento presentado de tema libre por autor palentino, nacido o residente en la provincia de Palencia.

2 – Los cuentos serán en español, originales, inéditos y no premiados en otros concursos, con extensión máxima de cuatro hojas, en formato A-4, escritos por una sola cara y con un tamaño de fuente no inferior a 11 e interlineado no inferior a 1,5.

3 – Los cuentos se enviarán en un sobre por triplicado, grapados y sin firmar. Dentro del sobre se acompañará una plica, en la que se incluirá título del cuento, nombre, apellidos, dirección y teléfono.

4 – No podrán presentarse los autores que hayan sido premiados en anteriores ediciones, pero sí optar a la categoría en la que no hayan sido galardonados.

5 – Los envíos se harán por correo ordinario a la siguiente dirección:

Ayuntamiento de Guardo (A la atención del “Grupo Literario Guardense”)

34880 - Guardo (Palencia)

6 – Los autores palentinos que quieran optar al premio provincial, deberán hacerlo constar expresamente en la cabecera del cuento, indicando “Opta al Premio Provincial”.

7 – El plazo de presentación de cuentos comienza el 5 de febrero y finaliza el 16 de marzo (ambos inclusive) de 2024.

8 – El fallo del jurado se realizará, previsiblemente, el 31 de mayo, tras lo cual se comunicará en la prensa, radio y el blog del concurso: https://concursocuentosguardo.blogspot.com/

9 – La entrega de premios y lectura de cuentos tendrá lugar en un acto cultural, el 22 de junio. El lugar, hora y demás cuestiones relacionadas con la gala de premios se comunicará, oportunamente, a los premiados.

10 – Es requisito imprescindible que los autores galardonados, si estos residen en la península, se presenten en el citado acto cultural para leer su trabajo y recibir el premio correspondiente.

11 – Los trabajos premiados quedarán en propiedad de la organización, así como los derechos de explotación de la propiedad intelectual (reproducción, comunicación pública, distribución y transformación) que quedarán cedidos en exclusiva al Grupo Literario Guardense, sin límite territorial ni temporal alguno, adquiriendo este último el derecho de publicación de los mismos, mediante cualquier sistema o formato, modalidad o procedimiento, mencionando la autoría de los mismos.

12 – Los trabajos no premiados no serán devueltos y se destruirán después del fallo del jurado.

13 – El Grupo Literario Guardense se reserva el derecho de modificar plazos, fallo del jurado, fecha de entrega de premios, así como cualquier otra cuestión relativa al Concurso, circunstancias que podrán ser consultadas en el blog del Concurso: https://concursocuentosguardo.blogspot.com/

21 junio 2023

Cuento ganador en la categoría provincial del LII Concurso Internacional de Cuentos de Guardo, "Mi versión de los hechos", Ernesto Sagüillo Tejerina

 

"Mi versión de los hechos", Ernesto Sagüillo Tejerina


Contemplar su bello rostro es la única relajación. Un dulce bálsamo. Son muchas horas sentados. Sin descanso. No soporto esta tensión. La densa incertidumbre. El ambiente cargado, espeso. Al menos, está ella. Ahí. Al otro lado de la mesa rectangular. A poco más de dos metros de mí…
Si, descuidada, torna sus delicados ojos hacia el lugar que ocupo, yo retiro los míos. No quiero que sospeche de mis sentimientos. Sé que es un deseo inalcanzable que no atravesará el muro de mis labios. Como tantas veces. Y al que se impone un plazo preclusivo. Cuando salgamos de esta habitación, cada uno seguirá con su vida. El reencuentro será imposible. Si me atreviese a pedirle su número de teléfono... Con cualquier disculpa. Qué sé yo. Que trabajo como vendedor de enciclopedias. O que soy deshollinador de chimeneas… ¡Vaya tontería! Hoy nadie compra enciclopedias ni deshollina chimeneas.
La frágil esperanza es que el debate se prolongue indefinidamente. Como el decimal periódico de una división. Hasta que los demás desfallezcan y quedemos solos. Así podría estar más cerca de ella. Notar su aroma. Devolver sin temor esa mirada limpia. Escuchar el tono pausado, melodioso, sensual de su voz. Ilusionarme con un idílico futuro en común…
De repente, abandono mi meditación. Noto que soy el objeto de atención. Ocho pares de ojos se fijan en mí como quien está presto a afilar la hoja de su cuchillo y dirigirla contra el culpable de sus males.
-Félix, ¿es que no nos escucha? Le hablamos y no contesta.
-Perdón. No me había enterado. Es que el cansancio me vence. Llevamos tanto tiempo aquí.
-Sí, por supuesto. Nosotros estamos igual. Queremos terminar. Por eso, le preguntábamos si ha reconsiderado su posición anterior. Debemos votar de nuevo.
Guardo un nervioso silencio. Todo empezó unos meses atrás. Con una carta. Al membrete se pegaba el papel rosado de un acuse de recibo. Una cita con día y hora. Debía presentarme personal y obligatoriamente. Me informaban de que podía alegar. ¿Qué aduciría? Acaso podría pedir un informe médico. A veces, me siento extraño, como que no soy yo. Me invade una sensación de desconexión. De pérdida de conciencia. No soportaría ver más médicos. He sufrido a bastantes en estas largas jornadas de mi prolongado otoño. No había alternativa. Acudir.

Han sido varios días de sesiones maratonianas.
-Ahora deben cumplir con su misión. Alea jacta est. Ustedes pasan a ser los protagonistas -las palabras han salido firmes desde la mesa presidencial. Como un presentador de televisión que encomienda a los participantes de un concurso resolver un intrincado acertijo. La impostada prestancia y la rotunda seguridad de los gestos de la mujer que preside casan con la solemnidad de la levita negra acharolada y la delgada corbata del mismo tono.  
Abrumados por el intangible peso de la responsabilidad, desfilamos ordenadamente ante atentos espectadores que tratan de adivinar nuestro dictamen. Sigo disciplinado el paso de mis atribulados compañeros. Nos internamos tras la puerta del habitáculo contiguo. Frente a las amplias dimensiones de la precedente, esta habitación es recoleta, estrecha. Carente de cualquier adorno o signo que revele su función. Nueve sillas con respaldo acolchado en torno a una mesa biselada por todo mobiliario. Cada uno de nosotros, meditabundo, ocupa un asiento. Otra puerta se abre en la pared lateral. En la del fondo, abuhardillada, una pequeña ventana en forma de ojo de buey permite la entrada de luz natural.
El auxiliar ha pronunciado nuestros nombres uno por uno. Antes de abandonar la habitación, nos desea una pronta decisión. Sus hijas le esperan en casa y no querría que se le hiciera tarde. Luego no quieren cenar y le dan la noche. Cierra la puerta. Quedamos aislados. El mundo sigue a un lado y nosotros estamos, solos, al otro. Conforme nos vamos aposentando, uno saca unas notas manuscritas, otro, una hoja en blanco y un bolígrafo de tinta roja, una tercera lee unas frases en un papel, una más lanza un suspiro. Un hombre de mediana edad y rostro abotargado toma la palabra.
-Ya lo han oído. Lo primero es elegir un portavoz.
Nadie lo discute. Él será el portavoz. La chica joven sentada a su derecha, ella precisamente tenía que ser, es la primera en romper el hielo.
-Yo lo veo claro, amigos. Las pruebas son suficientes.
Se abre un incómodo silencio. La incertidumbre se apodera del ambiente. Una mayoría baja la cabeza. No parecen convencidos. Alguien tendría que contestar. Debería ser yo. Sería la oportunidad de demostrar lo que siento. Podría decir: sí, has estado perfecta, maravillosa, haremos lo que tú digas. Pasados unos instantes, es un atractivo maduro, de rasgos armoniosos, perfectamente rasurado y arreglado, con marcada raya a un lado de su cabello, el encargado de la réplica:
-Pues yo estoy de acuerdo. Sí, ha habido alguna pequeña contradicción. Al final, nadie estaba presente cuando sucedió el hecho. Pero llegó la policía y encontró al acusado por allí.
Se me ha adelantado. Ella lo mira arrobada. Él sí sabe cómo conquistar a la chica. Debo reaccionar. He quedado desplazado en un vértice de la mesa. Se están equivocando. Ahora me doy cuenta. No puedo dejarme llevar por la fascinación. Alzo la voz.
-Yo, eeeh -toso brevemente. No consigo disimular mis nervios. Detesto hablar ante un auditorio desconocido-, yo… no estoy de acuerdo. Las pruebas son circunstanciales. No concluyentes. Conozco bien el barrio. Vivo en las inmediaciones. El autor pudo esconderse. O escapar antes de la llegada de la policía.
Recibo miradas inyectadas en desagrado. Los demás exponen sus opiniones. Un par de colegas me muestran, si no su apoyo decidido, sí el beneficio de la duda. Entre ellos, el portavoz. El resto está decididamente con la chica. ¡Qué me hubiera costado quedarme callado! Ella me ignora. He sepultado cualquier esperanza.
Cada uno se enroca en su posición. Se reiteran idénticos motivos y reproches. Yo aguardo abstraído. Pienso en lo que haré mañana cuando no tenga que volver. Cuando ya no la vea.
Embarcados en un intercambio estéril, nadie altera su postura. Los nervios van en aumento. Uno de los hombres, ausentado con la excusa de ir al baño, no puede ocultar el olor a tabaco. Una mujer llama al auxiliar y demanda un botellín de agua. El único vínculo con el exterior es la abertura del ojo de buey. Una gaviota atraviesa en dirección al puerto. Dos lejanos aviones se cruzan y dejan sobre el cielo la estela de sus motores. Las nubes grises avanzan imparables y aventuran otro atardecer lluvioso. Si me acerco más, alcanzo a divisar los picos de las montañas, perlados por salteados cercos de nieve. Una columna de humo parte de la enhiesta chimenea de la siderurgia. Las hojas de los álamos baten arrastradas por el viento del nordeste. El despreocupado griterío de niños uniformados bulle desde el parque infantil.
El portavoz nos invita a volver a la contienda. Toma la iniciativa.
-Repasemos lo sucedido en el juicio. Prueba a prueba. Somos un jurado y nuestra obligación es emitir un veredicto. ¿Es que no se acuerdan de lo que nos dijo la magistrada? “Ustedes están capacitados”.
Regresamos mentalmente a la sala grande. En la escena inicial, nos habían colocado en uno de los lados del estrado, alineados en un par de bancos, el segundo ligeramente elevado sobre el delantero. En este carnaval, los otros intervinientes, sentados enfrente nuestro, habían elegido idéntico disfraz. Se sucedían en el turno de palabra. Disertaban con convicción. Aunque sus tesis eran contrapuestas, conseguían, como hábiles vendedores, que asintiésemos a sus peroratas. Por momentos me distraía. En la primera fila, ligeramente a mi izquierda, me percaté de la joven. Fue entonces cuando puse los ojos en ella. En el pelo, primorosamente rubio y peinado en ligeras ondas. En los pendientes de aro que colgaban tentadores. En su grácil cuello. La mejilla que quedaba a la vista era suave, sonrosada. La más cercana de sus pobladas pestañas me ocultaba el brillo marino que, más tarde, descubriría en sus ojos. Ella se giró un instante. Quizá se sentía espiada. Seguro que también los demás se percataron de mi imperdonable indiscreción. Y el público. Y tal vez la presidente. Debía concentrarme en los discursos.
En la esquina del estrado, un hombre asistía indiferente. Él no llevaba disfraz. Vestía una camisa levemente raída y un jersey a cuadros pasado de moda. Apenas podía mover las manos. Al intentar levantarlas, resultó tenerlas sujetas por las muñecas. Comprendí el juego. Los sentados a este lado decidiríamos sobre la vida del esposado. Me fijé más. El rostro se asemejaba al mío. Mirada triste. Nariz respingona. Boca pequeña. Una edad similar. Podría ser yo si no fuese por su barba. Una barba pelirroja, poblada, donde el largo pelo se ensortijaba no queriendo alejarse de la mandíbula. Callaron los otros y él se colocó frente a quien presidía.  Depuso sin ánimo de duda. Como un actor que hubiese ensayado mil veces cada detalle.
-Yo no he sido. Lo juro por lo más sagrado -las lágrimas brotaban de sus ojos saltones.

Antes de comenzar la nueva votación, una voz interrumpe el silencio. Es ella.
-Bien. Algunos de ustedes han objetado que no hay testigos presenciales. El cadáver presentaba dos heridas de arma blanca y el acusado fue encontrado desarmado. Recuerden que nos han explicado la prueba indiciaria. Todos comprendemos lo que son los indicios -ella se está dirigiendo a mí y yo, avergonzado, simulo no oírla. No quiero sus reproches. Preferiría unas palabras cariñosas. Ella no me entiende-. El acusado estaba cercano al lugar donde apareció el cuerpo sin vida. Era noche cerrada y no se halló a nadie más por los alrededores. Mantenían mala relación. Había una condena previa por agresión. Tuvo tiempo de deshacerse del arma. Además, está esa testigo…
El seductor maduro continúa con su apoyo entusiasmado:
-Tiene razón. Y qué me dicen de esa versión que ha dado el acusado. Es increíble. Que él sólo pasaba por allí, que, entre las sombras, vio a alguien huir corriendo como una gacela. No le llamó la atención nada del fugado. No podía ofrecer datos de él. Es sencillamente insostenible. No tiene ningún apoyo.

Por la sala había desfilado un variado elenco. El tendero de la esquina que no podía creer lo sucedido. El policía avezado. El funcionario que controlaba la condicional del acusado. El amigo de la infancia que contó cómo aquel había caído en la mala vida. Un doctor orgulloso de sus conocimientos que admiró a la sala con sus términos rimbombantes y expresiones ininteligibles. Y la vecina curiosa quien, desde la oscuridad de su ventana, había reparado en el paso nervioso de alguien que, por su complexión, bien podía ser el esposado.
Quienes tomaron la palabra al principio protagonizaban el último acto. Me había prometido prestar atención a sus palabras. Imposible. Mi cabeza se negaba a seguir esos discursos. Trataban de cosas ajenas a mí. La vida, la muerte. A mí, no me interesa. ¡Qué más da! Hoy estoy vivo. Lo sé. Estoy seguro. ¿Y si merecía morir? La presidente nos arengó. Hablaba con afectación. Gustaba de palabras rebuscadas. Se valía de latines, como los curas cuando yo era niño.
-Da mihi factum dabo tibi ius. Se les ha instruido sobre su misión. Fijen los hechos. Recuerden que, para las decisiones favorables al acusado basta la mayoría simple, pero las contrarias a él necesitan de una mayoría cualificada de siete votos entre los nueve jurados.

Llega el momento culminante. El del acuerdo. El que pone fin a esta representación. El portavoz, indisimuladamente exultante tras mudar de opinión, proclama:
-Por fin hay quorum. Ocho votos a uno. El acusado es culpable -se dirige a mí-. Ya ve que se ha quedado solo, Félix. Reconozca que estábamos equivocados. Yo me he arrepentido a tiempo. Vamos a redactar el veredicto y esto habrá terminado.
Intento alzar la mirada decaída, vencida. De niño la ponderaban por su profundidad. Apagado su lustre por el imparable caer de los años, giro el cuello para que no se me oculte ninguno de los expectantes compañeros. Buscan si sigo inmutable en mi postura. Tal vez me crean si insisto. Si despliego la batería de argumentos. Si soy lo bastante hábil para hacer surgir en ellos la duda razonable. Quizá hasta ella recupere la confianza en mí. Ha llegado el momento de completar mi versión de los hechos.
Por un par de segundos, ensayo un gesto. Musito unas palabras. Nadie logra interpretar los susurros. Bajo los ojos. Renuncio a convencerlos. No me siento capaz. La votación es firme y la decisión está tomada. Mi voto nada vale. Sólo hay una razón y no la puedo dar. Él no podía ser porque había sido yo. FIN.

Cuento ganador en la categoría internacional del LII Concurso Internacional de Cuentos de Guardo, "Cuando atizas en vísperas de agosto", Natalia Calle Faulín

"Cuando atizas en vísperas de agosto", Natalia Calle Faulín

Sólo una de las veintisiete chimeneas que crestean el pueblo escupe humo. A bocanadas, como si se tratara de burlonas carcajadas lanzadas al astro rey justo cuando, en los albores de la mañana, tras la línea casi plana que la loma dibuja bajo un cielo completamente raso, asoma ya su resplandeciente aureola.

Esas insolentes garrochas humeantes son el único indicio que denota vida en una casa prominente, de hermoso patio delantero y amplia huerta en la trasera, que, sin duda, debió de ser de gente bien en otra época, pero que ahora, tras el devenir implacable del tiempo, por su desconchada fachada, por el derrumbe de una de las esquinas de su tejado, por sus viejas y astilladas contraventanas y por sus, al menos media docena de cristales rotos, parece no más que un cuerpo inerte al que las larvas devoran sin prisa pero sin pausa. Dentro, en una cocina desvencijada, completamente revuelta, está toda la vida que le quedan a esas cuatro paredes que no hace tanto fueron hogar.

El fuego dibuja bailarinas y juguetonas sombras sobre las paredes, envuelve esa cocina en una cálida luz anaranjada y silva una suave y relajante sinfonía al compás del crepitar de la leña. Un fuerte chasquido escapa fugaz del fogaril en el preciso instante en el que los troncos de roble que coronan la pira de leña comienzan a ser engullidos sin piedad. El repentino sonido rompe el tranquilo sueño de Solo, que alza su cuello, eleva sus puntiagudas orejas hasta el infinito y clava su felina mirada en el naranja eléctrico de la lumbre en busca del causante de tan inoportuna afrenta.

- Tranquiiiiilo…-, le susurra el viejo al tiempo que comienza a atusar su encrespado pelo, delicada e incansablemente, hasta que vuelve a recostarse sobre su regazo, a cerrar los ojos y a recuperar el plácido compás en su ronroneo. – No van a venir. ¿Verdad, Juliana?, ¿verdad que a nuestra casa no van a venir?-, dice elevando tímidamente la voz, girando la cabeza sobre su hombro derecho y clavando su mirada (ya perdida en un horizonte infinito), en la vieja puerta de madera cerrada con el tranco de nogal que sus manos tallaron hace más de cuatro décadas, cuando los surcos que hoy las invaden ni siquiera habían iniciado su conquista. Hace ademán de agudizar el oído y, como si intuyera los pasos agitados de Juliana al otro lado, vuelve a hundir su voz en un susurro: - Sosiega, mujer, no te alborotes. Si te encalma, lleva a los chiquillos al pajar, que se guarden como hemos hablado, que se estén quietecitos y no hagan ni el más mínimo ruido. Déjaselo bien dicho al Toñín, que ése está hecho un perillán…¡Pero no tengas miedo, mujer!, que a mí no me van a llevar. Yo nunca he andado en líos, ni he atizado fuegos por ahí. Nunca he dicho una palabra más alta que otra, ni a Don Eloy, el médico, ni a Don Francisco, el maestro, mucho menos a Don Saturnino, que bueno…, si a acaso, me recriminó levemente una vez, al cruzar junto a la tapia del huerto de atrás, por encontrarme faenando en jornada dominical y no haber acudido a misa de San Ignacio (en todo caso, no debía de tomar eso como afrenta, vamos, digo yo). ¿Para qué van a querer llevar a un don nadie? No soy más que un humilde campesino...-

Y vuelve a girar su rostro hacia la lumbre, dejando hundirse sus ojos poco a poco en sus hipnotizadores tonos anaranjados, rojos y violetas. Y deja caer un par de palmaditas sobre el lomo del gato para hallar de nuevo su propia tranquilidad.

El animal ha sido su única compañía durante los siete últimos años. Le bautizaron con el nombre de Solo porque fue el único superviviente de una camada de cinco que fue perdiendo a sus miembros, uno a uno, en un goteo imposible de frenar, desde que un sábado cualquiera su alumbradora tuviera la nefasta necesidad de cruzar el camino alto en busca de algún ratón que llevarse a la boca, en el preciso momento en el que la furgoneta de Tomás, el panadero, el único vehículo a motor que por entonces circulaba por el pueblo, llegaba para el reparto diario. Un golpe seco la reventó por dentro y la lanzó a la cuneta en apenas un segundo, y el hilo de sangre que surgió de su oreja derecha comenzó a estrangular a sus vástagos cuando apenas habían aún despegado los ojos, ni salido de la oscuridad del pajar de Antonio y Juliana, por entonces ya desnudo de hierba, pero en el que, junto a varios trastos asociados a la matanza ya en desuso, permanecían pulcramente ordenados rastrillos, horcas, azada, hacha, cuerdas y otros útiles de laboreo agrícola y pastoril, vestigios de la esforzada economía del hogar.

Insuflar vida a aquel minino, el único completamente negro de la camada que apenas sí se la escurría entre los dedos cuando quedó huérfano, al tiempo que perdía la propia, fue lo último que hizo Juliana.

Fue precisamente por aquel entonces, cuando ella empezó a tener fuertes retortijones en el bajo vientre, a sentirse cada vez más débil, a devolver cuanto atravesaba su gaznate, a perder peso de forma precipitada hasta quedar en una figura enjuta envuelta en una piel agrisada. Y para cuando Manuel y Toñín la convencieron para llevarla a la ciudad a que la viera un médico más entendido que en catarros, dolores livianos y curas básicas que Don Eloy, ya era demasiado tarde, ya el mal había comenzado a devorar sus entrañas y no había nada que hacer ante un desenlace cruel que se antojaba cercano.

Como quien no teme encontrarse de frente al lobo en mitad de la noche, ante el inesperado diagnóstico Juliana se tragó las lágrimas, se levantó de aquella moderna silla de pvc azul cielo que tanto distaba del taburete de madera al que estaba acostumbrada, agradeció al doctor su amable atención y cerró la puerta dejando tras ella el miedo, el pánico, el pavor que siempre imaginó le tendría a la muerte. Apenas cruzó la puerta de salida, se aferró a las manos de cada uno de sus hijos y con voz firme les ordenó que vivieran sus vidas, que miraran adelante y la dejaran a ella permanecer en su casa junto a Antonio. No quería más, les dijo mirándolos a los ojos, con pleno convencimiento, con voz clara, sin titubeos, que poder morir en paz entre aquellas cuatro paredes en las que siempre había encontrado refugio para su alma y calor para su corazón, incluso en la peor batalla personal que tuvo que enfrentar cuando su esposo fue llevado y el ulular de las balas rompió el silencio de la noche.

-¡Rediela!, ¡Eres más terca que una mula, Juliana! Si don Eloy dice que tiene que verte un especialista, pues habrá que ir, ¿no? A ver si vamos a saber ahora nosotros más que el que ha estudiado Medicina. Mañana se coge el coche de línea y punto-, apostilla el bueno de Antonio golpeando con la palma de la mano sobre la mesa con la escasa fuerza que aún atesoran sus lánguidos brazos y clavando la mirada sobre ese ancho en el que la mujer con la que compartió 53 años de su vida, acostumbraba a sentarse en el taburete de fresno que él talló, ligeramente ladeada hacia la luz que brindaba un ventanal hoy cegado por las contraventanas, a tejer, a remendar, a descucar o a leer el Promotor, dependiendo del momento que el calendario marcase. – Que digo yo, que después de lo que hemos pasado… Que tú siempre has dicho que tienes el cupo de dolor y sufrimiento cubierto en esta vida, que con ver fusilar a tu padre, enterrar sola a una hija de siete años y sufrir la ausencia del marido por no más que la sinrazón humana con un vástago recién echado a andar y otro colgado de la teta, ya has cumplido de sobra la penitencia a los cristianos en este valle de lágrimas… Así que, no temas, mujer, que seguro que el médico de allá da con una buena solución y te avía las tripas.

No había tal solución y, tras cumplir la última pero indiscutible orden de su madre, no más de un año después, Manuel y Toñín regresaron a la casa en la que la muerte la había hallado completamente en paz, esta vez para sostener a su padre, tan abatido por fuera como destrozado por dentro, y llevarle, prácticamente en volandas, a darle el último adiós al pilar de su vida en lo más alto del empinado campo santo, bajo una cruz que Antonio podía ver desde la ventana de su habitación y a la que le dedicaría, inexorable desde aquel día, la primera mirada en su despertar.

Así fue desde entonces, día tras días, sin más mudanza en aquel gesto que la de ir acompañado alguna de aquellas mañanas por incontenibles lágrimas, hasta que el bueno de Antonio se olvidó, irremediablemente, de que, en vísperas de la irrupción de agosto en el calendario, no se atiza la lumbre.

No es menester hacerlo, salvo que uno ya no sepa si tiene frío o calor. Y en este nuevo 31 de julio, festividad de San Ignacio de Loyola, hace ya tiempo que Antonio no tiene percepción de calendarios ni de temperatura, como tampoco sabe si debe abrir las contraventanas a la luz del día, si ha abierto la puerta al gato para que salga a hacer sus necesidades y a cumplir sus pequeñas fechorías de gato, si ha tomado su habitual tazón de leche con pan con miel antes de acostarse o si la Paulina y la Paquita han golpeado la aldaba como hacen a diario desde que sus hijos pidieran a las hermanas si tenían a bien tocar de vez en cuando a la puerta de su padre para comprobar que se encuentra bien.

- ¡Mecagüen todos los Santos! Juliana, apresúrate, diles a los chiquillos que ¡mutis!, que ya están aquí, que ¡han venido!- susurra agitado lo que queda de Antonio mientras intenta zafarse de Solo y asirse a los reposabrazos de su silla de mimbre para levantarse. - No me van a llevar, no me van a llevar, esos desgraciados no me van a llevar…-, gimotea mientras el sonido de la aldaba sobre la puerta golpea su alma con idéntico estruendo al que, aquella noche del treinta y siete, provocaron los fusiles sobre los cuerpos de un puñado de vecinos, vecinos y amigos, primo uno de ellos, que corrieron peor suerte que él y fueron paseados en la madrugada más amarga de un pueblo que ahora cuenta ya sus moradores con los dedos de una mano, después de que muchos lo hayan abandonado para acabar consumiéndose en residencias o en la soledad de pisos más cómodos, los más para engrosar la colección de nombres esculpidos en las lápidas del cementerio.

Arrastrando sus pies cansados, sin el peso de los recuerdos en su memoria, pero con la carga, infinitamente mayor, del dolor en su corazón, atenazado por la angustia, pero sabedor, por alguna extraña laguna que aún se mantiene viva en su mente, de que no queda otro remedio, consigue llegar a la puerta. El viejo Antonio descorre con torpeza el pestillo y se encuentra de frente a unos hijos a los que ya no reconoce. Sin la entereza de aquella otra ocasión ni mirada que lo sostenga como entonces, preso esta vez del más absoluto pánico, arranca a llorar como un niño pequeño.

- ¡Padre! ¡Sosiegue! ¡Cálmese!, por favor. No se preocupe, hemos venido para llevarle…