Desayuno
amargo
Agustín M. Romero Rosas
Sebastián Santamaría llega a
duras penas al banco. Ha caminado tambaleándose a consecuencia de la
gran cantidad de alcohol ingerida en las últimas horas. Se sienta,
deja el cartón de vino en la tierra, estira las piernas y observa
el espacio que le circunda. Parece decir: “Estos son mis dominios”.
A pesar de que la noche acaba
de comenzar, hace ya un frío intenso. Pero él parece que no lo
siente, pues tiene en el cuerpo el calor que le proporciona la
bebida. Se recuesta boca arriba en el banco, con las rodillas
flexionadas, buscando las estrellas en el cielo que lo cubre. Su
mente viaja rauda al pasado feliz. Recuerda los tiempos de la
universidad, en los que eran habituales las discusiones filosóficas
hasta el amanecer, las juergas con los amigos, los lances amorosos y
los apuntes manchados de café. Eran los últimos años de la década
de los setenta, en los que la política lo invadía casi todo y los
estudiantes parecían estar en la primera línea de aquella guerra.
Sebastián recuerda las
luminosas tardes del final de la primavera estudiando tumbado en la
hierba del Parque del Oeste, en el que ahora se encuentra. Le surge
entonces la imagen de la Señorita de Aranjuez, como él la llamaba
jocosamente. Sus manos blancas y delicadas, su pelo negro azabache,
su risa llena de vida. Le viene a la mente una y otra vez el primer
beso. Fue durante el viaje del Paso de Ecuador. Estaban en el Salón
de Embajadores de La Alhambra. La cogió desprevenida cuando miraba
el techo de la estancia, mientras escuchaba las explicaciones del
guía. Fue un beso largo, que casi la dejó sin respiración. Pero
seguramente también fue inolvidable para ella. Después de aquello
vinieron muchos meses felices, de escapadas, de locuras, de amor y de
pasión con todas las letras. Pero la Señorita de Aranjuez era de
una familia distinguida y no tenía futuro con un muchacho bohemio
como aquel. Eso por lo menos era lo que pensaban los padres de ella.
Esa fue una razón de peso que finalmente desencadenó la ruptura.
Después la vida para Sebastián se convirtió en un barco a la
deriva con atraque final en el puerto del alcoholismo. Primero
abandonó la carrera y después fue pasando de un empleo a otro,
porque los perdía por culpa de su afición al alcohol. Finalmente,
la calle se convirtió en su casa.
El sueño gana la batalla a
los pensamientos de Sebastián. No tiene una mala manta con la que
taparse ni ganas de acudir al albergue municipal. Termina de estirar
su cuerpo, dejando sus pies colgando por fuera del banco, por debajo
del reposabrazos. Allí duerme con su largo cuerpo, bajo la luz tenue
de una farola medio rota por los niños. Una nube cubre de repente la
luna llena y las sombras se adueñan del parque. Así queda Sebastián
Santamaría, olvidado del mundo, a merced de la noche.
……….
El despertador suena
impertinente, como todas las mañanas, a las siete en punto. Virginia
se estira con lentitud y se levanta de la cama malhumorada, como
siempre. Ya en el baño, se mira en el espejo. Se observa con
detenimiento, buscando alguna arruga nueva, alguna imperfección más
que le dé nuevos argumentos para su pesimismo perenne. Arrastra su
existencia mecánicamente, sin demasiadas ilusiones, agarrándose a
pequeños detalles que la mantienen viva: la lectura de un buen libro
junto a la chimenea de la casa del pueblo, una película de Audrey
Hepburn o la música de Bach, que le encanta. Se quita el pijama y
se mete en la ducha disfrutando de uno de esos momentos de felicidad,
dejando caer el agua con fuerza sobre su cara y su cabello.
Virginia es metódica. Pone
orden exterior para contrarrestar su desorden mental. Tiene la ropa
preparada sobre una silla. Se viste con parsimonia. Después entra en
la cocina. Introduce una rebanada de pan en la tostadora y saca de la
nevera la mantequilla, la mermelada y el bote de leche. Coge la taza
que ya estaba preparada en la mesa y la llena casi hasta el borde con
leche y un chorrito de café. La calienta en el microondas durante 40
segundos, tiempo más que suficiente para recoger la tostada y
colocarla sobre la mesa. Saca después la taza y enciende la radio.
“(…) la temperatura en el
exterior de nuestros estudios es de cuatro grados bajo cero. En este
gélido día, Madrid se ha despertado con un trágico suceso en
Carabanchel. Dos ancianas han fallecido a consecuencia de un escape
de gas que se ha producido (…)”
Virginia unta con lentitud la
tostada con una fina capa de mantequilla y otra de mermelada. Se le
escapa un bostezo. Tiene sueño atrasado. Dirige su mirada a la
ventana. Observa como el cielo va clareando.
“(…) pero esta no es la
única noticia que tiñe de negro este día en Madrid. Ha sido
encontrado en el Parque del Oeste un mendigo que ha fallecido durante
esta noche por las bajas temperaturas que se han registrado. Según
la documentación que portaba, se trataba de Sebastián Santamaría,
de 56 años de edad (…)”
Virginia se queda paralizada
al escuchar la noticia mientras la tostada cruje entre sus dientes.
De repente se le revuelve el estómago. Siente náuseas. El frío se
apodera de su cuerpo. Tiene unas incontenibles ganas de gritar y de
llorar. Comienza a sollozar. Las lágrimas empiezan a brotar de sus
ojos. No puede parar.
Virginia Vilches Gutiérrez,
de 56 años de edad, natural de Aranjuez, provincia de Ciudad Real,
licenciada en Derecho por la Universidad Complutense de Madrid,
funcionaria del Estado, soltera, metro setenta y dos de altura, es
una mujer rota en esta fría mañana de Madrid. Para Virginia será
un mal día, y una mala semana, y mal mes, y seguramente también un
mal año. Probablemente el resto de su vida seguirá resbalando
indefectiblemente hacia la desesperanza.
El autor nos introduce suavemente en una historia agridulce de una manera tan sutil que es magnífico . Podemos sentir el frío de la noche , el calor de la tostadora por la mañana , el darnos cuenta de que una simple y al parecer anodina decisión del pasado , marca el resto de nuestra vida .
ResponderEliminarEl autor utiliza un lenguaje sencillo y muy culto a la vez . Usa una metologia parecida a la del teatro , lo que en esta ocasión hay dos actos y un epílogo .
Mi enhorabuena al autor por compartir una historia escrita de forma tan bella . Su premio es , desde luego , merecidisimo .
Quisiera seguir leyendo sus historias . Ojalá sea posible .
Un saludo enorme .
Rosa
Historia conmovedora, me gustaría seguir leyendo historias de este autor.Felicidades por el premio.
ResponderEliminarFelicidades desde Gran Canaria.Me ha encantado
ResponderEliminarEste comentario ha sido eliminado por el autor.
ResponderEliminarMe ha encantado, mis felicitaciones
ResponderEliminarQue hermoso relato. Mis felicitaciones al autor
ResponderEliminarMuy común en las grandes ciudades,bien contado por cierto.
ResponderEliminarYo al haber pertenecido a una ONG de mi barrio. No me emociona este relato porque hay muchas personas que hemos ayudado.
Hermoso relato y muy bien contado. En pocas líneas me he sentido inmersa en la historia, que te hace pensar y sacar muchas conclusiones. Mi enhorabuena
ResponderEliminarHermoso relato y muy bien contado. En pocas líneas me he sentido inmersa en la historia, que te hace pensar y sacar muchas conclusiones. Mi enhorabuena
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