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martes, 20 de junio de 2023

Cuento ganador en la categoría internacional del LII Concurso Internacional de Cuentos de Guardo, "Cuando atizas en vísperas de agosto", Natalia Calle Faulín

"Cuando atizas en vísperas de agosto", Natalia Calle Faulín

Sólo una de las veintisiete chimeneas que crestean el pueblo escupe humo. A bocanadas, como si se tratara de burlonas carcajadas lanzadas al astro rey justo cuando, en los albores de la mañana, tras la línea casi plana que la loma dibuja bajo un cielo completamente raso, asoma ya su resplandeciente aureola.

Esas insolentes garrochas humeantes son el único indicio que denota vida en una casa prominente, de hermoso patio delantero y amplia huerta en la trasera, que, sin duda, debió de ser de gente bien en otra época, pero que ahora, tras el devenir implacable del tiempo, por su desconchada fachada, por el derrumbe de una de las esquinas de su tejado, por sus viejas y astilladas contraventanas y por sus, al menos media docena de cristales rotos, parece no más que un cuerpo inerte al que las larvas devoran sin prisa pero sin pausa. Dentro, en una cocina desvencijada, completamente revuelta, está toda la vida que le quedan a esas cuatro paredes que no hace tanto fueron hogar.

El fuego dibuja bailarinas y juguetonas sombras sobre las paredes, envuelve esa cocina en una cálida luz anaranjada y silva una suave y relajante sinfonía al compás del crepitar de la leña. Un fuerte chasquido escapa fugaz del fogaril en el preciso instante en el que los troncos de roble que coronan la pira de leña comienzan a ser engullidos sin piedad. El repentino sonido rompe el tranquilo sueño de Solo, que alza su cuello, eleva sus puntiagudas orejas hasta el infinito y clava su felina mirada en el naranja eléctrico de la lumbre en busca del causante de tan inoportuna afrenta.

- Tranquiiiiilo…-, le susurra el viejo al tiempo que comienza a atusar su encrespado pelo, delicada e incansablemente, hasta que vuelve a recostarse sobre su regazo, a cerrar los ojos y a recuperar el plácido compás en su ronroneo. – No van a venir. ¿Verdad, Juliana?, ¿verdad que a nuestra casa no van a venir?-, dice elevando tímidamente la voz, girando la cabeza sobre su hombro derecho y clavando su mirada (ya perdida en un horizonte infinito), en la vieja puerta de madera cerrada con el tranco de nogal que sus manos tallaron hace más de cuatro décadas, cuando los surcos que hoy las invaden ni siquiera habían iniciado su conquista. Hace ademán de agudizar el oído y, como si intuyera los pasos agitados de Juliana al otro lado, vuelve a hundir su voz en un susurro: - Sosiega, mujer, no te alborotes. Si te encalma, lleva a los chiquillos al pajar, que se guarden como hemos hablado, que se estén quietecitos y no hagan ni el más mínimo ruido. Déjaselo bien dicho al Toñín, que ése está hecho un perillán…¡Pero no tengas miedo, mujer!, que a mí no me van a llevar. Yo nunca he andado en líos, ni he atizado fuegos por ahí. Nunca he dicho una palabra más alta que otra, ni a Don Eloy, el médico, ni a Don Francisco, el maestro, mucho menos a Don Saturnino, que bueno…, si a acaso, me recriminó levemente una vez, al cruzar junto a la tapia del huerto de atrás, por encontrarme faenando en jornada dominical y no haber acudido a misa de San Ignacio (en todo caso, no debía de tomar eso como afrenta, vamos, digo yo). ¿Para qué van a querer llevar a un don nadie? No soy más que un humilde campesino...-

Y vuelve a girar su rostro hacia la lumbre, dejando hundirse sus ojos poco a poco en sus hipnotizadores tonos anaranjados, rojos y violetas. Y deja caer un par de palmaditas sobre el lomo del gato para hallar de nuevo su propia tranquilidad.

El animal ha sido su única compañía durante los siete últimos años. Le bautizaron con el nombre de Solo porque fue el único superviviente de una camada de cinco que fue perdiendo a sus miembros, uno a uno, en un goteo imposible de frenar, desde que un sábado cualquiera su alumbradora tuviera la nefasta necesidad de cruzar el camino alto en busca de algún ratón que llevarse a la boca, en el preciso momento en el que la furgoneta de Tomás, el panadero, el único vehículo a motor que por entonces circulaba por el pueblo, llegaba para el reparto diario. Un golpe seco la reventó por dentro y la lanzó a la cuneta en apenas un segundo, y el hilo de sangre que surgió de su oreja derecha comenzó a estrangular a sus vástagos cuando apenas habían aún despegado los ojos, ni salido de la oscuridad del pajar de Antonio y Juliana, por entonces ya desnudo de hierba, pero en el que, junto a varios trastos asociados a la matanza ya en desuso, permanecían pulcramente ordenados rastrillos, horcas, azada, hacha, cuerdas y otros útiles de laboreo agrícola y pastoril, vestigios de la esforzada economía del hogar.

Insuflar vida a aquel minino, el único completamente negro de la camada que apenas sí se la escurría entre los dedos cuando quedó huérfano, al tiempo que perdía la propia, fue lo último que hizo Juliana.

Fue precisamente por aquel entonces, cuando ella empezó a tener fuertes retortijones en el bajo vientre, a sentirse cada vez más débil, a devolver cuanto atravesaba su gaznate, a perder peso de forma precipitada hasta quedar en una figura enjuta envuelta en una piel agrisada. Y para cuando Manuel y Toñín la convencieron para llevarla a la ciudad a que la viera un médico más entendido que en catarros, dolores livianos y curas básicas que Don Eloy, ya era demasiado tarde, ya el mal había comenzado a devorar sus entrañas y no había nada que hacer ante un desenlace cruel que se antojaba cercano.

Como quien no teme encontrarse de frente al lobo en mitad de la noche, ante el inesperado diagnóstico Juliana se tragó las lágrimas, se levantó de aquella moderna silla de pvc azul cielo que tanto distaba del taburete de madera al que estaba acostumbrada, agradeció al doctor su amable atención y cerró la puerta dejando tras ella el miedo, el pánico, el pavor que siempre imaginó le tendría a la muerte. Apenas cruzó la puerta de salida, se aferró a las manos de cada uno de sus hijos y con voz firme les ordenó que vivieran sus vidas, que miraran adelante y la dejaran a ella permanecer en su casa junto a Antonio. No quería más, les dijo mirándolos a los ojos, con pleno convencimiento, con voz clara, sin titubeos, que poder morir en paz entre aquellas cuatro paredes en las que siempre había encontrado refugio para su alma y calor para su corazón, incluso en la peor batalla personal que tuvo que enfrentar cuando su esposo fue llevado y el ulular de las balas rompió el silencio de la noche.

-¡Rediela!, ¡Eres más terca que una mula, Juliana! Si don Eloy dice que tiene que verte un especialista, pues habrá que ir, ¿no? A ver si vamos a saber ahora nosotros más que el que ha estudiado Medicina. Mañana se coge el coche de línea y punto-, apostilla el bueno de Antonio golpeando con la palma de la mano sobre la mesa con la escasa fuerza que aún atesoran sus lánguidos brazos y clavando la mirada sobre ese ancho en el que la mujer con la que compartió 53 años de su vida, acostumbraba a sentarse en el taburete de fresno que él talló, ligeramente ladeada hacia la luz que brindaba un ventanal hoy cegado por las contraventanas, a tejer, a remendar, a descucar o a leer el Promotor, dependiendo del momento que el calendario marcase. – Que digo yo, que después de lo que hemos pasado… Que tú siempre has dicho que tienes el cupo de dolor y sufrimiento cubierto en esta vida, que con ver fusilar a tu padre, enterrar sola a una hija de siete años y sufrir la ausencia del marido por no más que la sinrazón humana con un vástago recién echado a andar y otro colgado de la teta, ya has cumplido de sobra la penitencia a los cristianos en este valle de lágrimas… Así que, no temas, mujer, que seguro que el médico de allá da con una buena solución y te avía las tripas.

No había tal solución y, tras cumplir la última pero indiscutible orden de su madre, no más de un año después, Manuel y Toñín regresaron a la casa en la que la muerte la había hallado completamente en paz, esta vez para sostener a su padre, tan abatido por fuera como destrozado por dentro, y llevarle, prácticamente en volandas, a darle el último adiós al pilar de su vida en lo más alto del empinado campo santo, bajo una cruz que Antonio podía ver desde la ventana de su habitación y a la que le dedicaría, inexorable desde aquel día, la primera mirada en su despertar.

Así fue desde entonces, día tras días, sin más mudanza en aquel gesto que la de ir acompañado alguna de aquellas mañanas por incontenibles lágrimas, hasta que el bueno de Antonio se olvidó, irremediablemente, de que, en vísperas de la irrupción de agosto en el calendario, no se atiza la lumbre.

No es menester hacerlo, salvo que uno ya no sepa si tiene frío o calor. Y en este nuevo 31 de julio, festividad de San Ignacio de Loyola, hace ya tiempo que Antonio no tiene percepción de calendarios ni de temperatura, como tampoco sabe si debe abrir las contraventanas a la luz del día, si ha abierto la puerta al gato para que salga a hacer sus necesidades y a cumplir sus pequeñas fechorías de gato, si ha tomado su habitual tazón de leche con pan con miel antes de acostarse o si la Paulina y la Paquita han golpeado la aldaba como hacen a diario desde que sus hijos pidieran a las hermanas si tenían a bien tocar de vez en cuando a la puerta de su padre para comprobar que se encuentra bien.

- ¡Mecagüen todos los Santos! Juliana, apresúrate, diles a los chiquillos que ¡mutis!, que ya están aquí, que ¡han venido!- susurra agitado lo que queda de Antonio mientras intenta zafarse de Solo y asirse a los reposabrazos de su silla de mimbre para levantarse. - No me van a llevar, no me van a llevar, esos desgraciados no me van a llevar…-, gimotea mientras el sonido de la aldaba sobre la puerta golpea su alma con idéntico estruendo al que, aquella noche del treinta y siete, provocaron los fusiles sobre los cuerpos de un puñado de vecinos, vecinos y amigos, primo uno de ellos, que corrieron peor suerte que él y fueron paseados en la madrugada más amarga de un pueblo que ahora cuenta ya sus moradores con los dedos de una mano, después de que muchos lo hayan abandonado para acabar consumiéndose en residencias o en la soledad de pisos más cómodos, los más para engrosar la colección de nombres esculpidos en las lápidas del cementerio.

Arrastrando sus pies cansados, sin el peso de los recuerdos en su memoria, pero con la carga, infinitamente mayor, del dolor en su corazón, atenazado por la angustia, pero sabedor, por alguna extraña laguna que aún se mantiene viva en su mente, de que no queda otro remedio, consigue llegar a la puerta. El viejo Antonio descorre con torpeza el pestillo y se encuentra de frente a unos hijos a los que ya no reconoce. Sin la entereza de aquella otra ocasión ni mirada que lo sostenga como entonces, preso esta vez del más absoluto pánico, arranca a llorar como un niño pequeño.

- ¡Padre! ¡Sosiegue! ¡Cálmese!, por favor. No se preocupe, hemos venido para llevarle…


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